jueves, 30 de septiembre de 2021

ANTONIO MARTÍN CABANILLAS (1911-2010) : UN PERSONAJE ICÓNICO EN LA HISTORIA DE CERRO MURIANO (CÓRDOBA)

Texto y Fotos en Color 2008 y 2021 : José Manuel Serrano Esparza 


Entre 1944 y 2010, Antonio Martín Cabanillas se convirtió por méritos propios en una de las figuras más destacadas del devenir diacrónico de Cerro Muriano (Córdoba), gracias a su termonuclear sentido del humor, su inefable capacidad para hacer reir en todo momento a las personas que le rodeaban, su enorme cariño tanto por sus familares más allegados como por sus amigos, su amor por los niños y una insólita además de ecléctica capacidad para trabajar en los oficios más diversos. 

Fue sin ningún género de dudas una de esas personas que marcan época, querido por todo el mundo y cuyo imborrable recuerdo sigue todavía muy presente entre los habitantes de Cerro Muriano, once años después de su muerte. 

GÉNESIS DE UN MITO 

Antonio Martín Cabanillas nació el 10 de enero de 1911 en Belalcázar (Córdoba) en el seno de una familia muy humilde, hasta el punto de que debido a las extremas dificultades económicas y pobreza generalizada de la época, especialmente en las zonas rurales, sus padres Juan y Ángeles no pudieron pagarle ni siquiera estudios primarios, por lo que toda su vida no supo leer ni escribir.

Pese a ello, desde su más temprana infancia, Antonio Martín Cabanillas fue muy especial : un ser humano repleto de cariño y afecto, tremendamente gracioso y ocurrente, muy inteligente, dotado con una gran intuición e imbuido de una constante curiosidad por aprender, pese a que no podía ir a la escuela. 

Una persona muy sociable, capaz de relacionarse y establecer química en pocos segundos con cualquiera que iniciara una conversación con él.

Nunca pasaba desapercibido y la gente deseaba estar junto a él : tal era su duende, gracia y carisma. 

1921-1936, TIEMPOS DIFÍCILES 

A partir de principios de los años veinte, la vida de Antonio Martín Cabanillas experimenta una profunda transformación, con el abrupto fin de la infancia, la práctica ausencia de adolescencia y una vertiginosa transición a adulto, ya que desde los 10 años tiene que trabajar en el campo como jornalero y esquilador de ovejas para poder ayudar económicamente a sus padres, dedicados también a las duras faenas agrícolas de la época, trabajando de sol a sol. 

Es una época de mucho sufrimiento y lucha por la supervivencia, en la que Antonio Martín Cabanillas recibe una trascendental ayuda por parte de su abuelo, que le quiere con locura y le enseña las nociones básicas del oficio de zapatero, que el niño adulto a la fuerza perfeccionará de modo autodidacta durante las décadas siguientes, hasta alcanzar un gran nivel profesional. 

La necesidad hace que Antonio Martín Cabanillas tenga que trabajar en lo que va saliendo, por lo que se ve obligado a alternar sus labores como jornalero y esquilador de ganado ovino con la albañilería, así como con la recolección de la aceituna y el algodón. 

Pero a principios de 1926, con tan sólo 15 años de edad, una leva forzosa hace que Antonio Martín Cabanillas tenga que ir a luchar a la Guerra Del Rif (Marruecos), una experiencia traumática durante la cual entrará varias veces en combate, consiguiendo sobrevivir y regresando a Belalcázar (Córdoba) en abril de 1927. 

La vida tras el regreso sigue sin ser fácil en absoluto para Antonio Martín Cabanillas, ya que la situación económica ha empeorado todavía más, los trabajos escasean y los salarios son de mera subsistencia, por lo que a sus dieciséis años de edad ha de trabajar en muchas cosas distintas para sobrevivir, además de cazar en el campo para obtener comida, porque todo escasea. 

Con mucho tesón y esfuerzo va mejorando progresivamente sus conocimientos y experiencia como albañil, labor a la que dedica la mayoría de su tiempo durante finales de los años veinte y primera mitad de los años treinta, aunque le es imposible especializarse, porque la precariedad laboral en aquellos momentos hace que tenga que seguir trabajando en una pléyade de cosas distintas. 

No obstante, Antonio Martín Cabanillas lleva ya a sus espaldas un bagaje vital que le ha hecho ganar mucha experiencia, ha incrementado su precisión a la hora de tomar decisiones acertadas y ha potenciado notablemente su cohesión familiar con sus hermanos Eliseo, Justo y Angelita, por lo que comienza a ver la luz a través del túnel. 

Pero otra guerra va a trastocar de nuevo sus planes. 



MORA DE EBRO Y GANDESA, 25 DE JULIO DE 1938, MOMENTO DE INFLEXIÓN VITAL 

Como consecuencia de otra leva forzosa (mediante la cual los combatientes luchaban mayormente en el bando que les había tocado según la zona en que vivieran al estallar la contienda), Antonio Martín Cabanillas se ve inmerso en la Guerra Civil Española desde pocos meses después de su inicio en Julio de 1936, luchando como soldado republicano. 

Una vez más, como ya le sucediera durante la Guerra del Rif, Antonio Martín Cabanillas, se ve obligado a participar en otra guerra que no desea y que nada tiene que ver con su mundo. 

Son casi tres años en los que ha de luchar por su vida en primera línea de fuego, enfrentándose con frecuencia a militares profesionales mucho más expertos en el manejo de las armas, especialmente en Mora de Ebro y Gandesa, durante la Batalla del Ebro en 1938. 

El 25 de Julio de 1938, Antonio Martín Cabanillas forma parte del sector central entre Ribarroja y Benifallet de la ofensiva republicana en el Ebro, diseñada por el general Vicente Rojo y puesta en práctica por el coronel Modesto.  

Consigue llegar de noche con su unidad hasta Mora de Ebro (Tarragona), dirigiéndose a continuación a las inmediaciones de Gandesa (Tarragona). 

De repente, a Antonio Martín Cabanillas le urge hacer sus necesidades y camina hasta una zona situada a unos 200 metros de distancia. 

Cuando vuelve pocos minutos después, entra en estado de shock : todos sus compañeros están muertos. 

Pese al enorme coraje que le ha caracterizado desde niño, Antonio Martín Cabanillas no sabe lo que ha ocurrido, está aterrado, y no le falta razón : aprovechando la oscuridad, los soldados marroquíes del 5º Tabor de Regulares de Melilla nº 2 (unidad de reserva franquista en Gandesa, que por orden del general Yagüe intenta frenar el avance republicano para dar tiempo a que lleguen refuerzos, ya que las unidades de la 50ª División han sido arrolladas) les han matado con gran sigilo a todos menos a él, que se ha librado de una muerte segura. 

Antonio Martín Cabanillas está desesperado y deambula perdido durante varias horas, hasta que consigue contactar de nuevo con tropas republicanas al amanecer, con las que seguirá luchando durante los meses siguientes en el área de Gandesa, Corbera de Ebro, Pinell de Brai y la sierra de Cavalls. 

La ofensiva republicana ha conseguido capturar Ascó, Flix, Mora de Ebro, Pinell de Brai, Bot y Corbera, pero durante los días sucesivos, Franco envía refuerzos con sus divisiones de élite 13ª (Fernando Barrón), 84ª (Delgado Serrano), 152ª (Rada), 4ª de Navarra (Alonso Vega), 102ª (Castejón) y 74ª (Arias), con lo que se inicia una brutal guerra de desgaste que precede a la contraofensiva franquista, que ganará la batalla tras cuatro meses de encarnizada lucha.

Antonio Martín Cabanillas, se ve pues inmerso de modo forzoso a sus 27 años de edad en esta vorágine bélica y lucha por su vida en varios combates más, con frecuencia en primera línea de fuego, hasta el final de la guerra en 1939. 

SERVICIO MILITAR DE DOS AÑOS ENTRE 1940 Y 1942 

Tras el final de la Guerra Civil Española, Antonio Martín Cabanillas vuelve de nuevo a Belalcázar, cansado y físicamente exhausto. 

Tiene que intentar iniciar su vida de nuevo, pero la nueva Ley de Reclutamiento y Reemplazo del Ejército de 1940, hace que Antonio Martín Cabanillas sea llamado a filas y tenga que hacer una mili de dos años durante 1940 y 1941. 

Recordando esta situación, Antonio Martín Cabanillas comentó con su atávico sentido del humor durante décadas a sus familiares y amigos en Cerro Muriano : " Después de estar en dos guerras jugándome la vida, tuve que servir a Franco durante dos años " . 

1944-1960 : EL COMIENZO DE LA FELICIDAD 

Tras muchos años de vida muy dura, con todo tipo de privaciones, la participación en dos guerras en las que tuvo que luchar para sobrevivir, y después de trabajar en Villaharta y Écija en 1942 y 1943, Antonio Martín Cabanillas llegó en 1944 a Cerro Muriano (Córdoba), pueblo en el que fijaría su residencia hasta su fallecimiento en 2010. 

Fotografía de finales de los años cuarenta en la que aparece Antonio Martín Cabanillas, que en aquella época trabajaba como albañil y había hecho una gran amistad con la mítica Doña Encarnación, que tras quedar viuda y con varios hijos fue capaz no sólo de fundar el Bar X en 1937, sino de establecer después varios negocios más con los que pudo sacar adelante a su prole. 

Antonio Martín Cabanillas a principios de los años cincuenta, trabajando como albañil en una zona cerca de Torreárboles (Cerro Muriano). Es el tercer hombre empezando por la izquierda. 

Los dos conflictos bélicos en los que participó hicieron que en su cabeza coexistieran durante toda su vida dos mundos paralelos : 

a) Los recuerdos de las dos guerras en las que tuvo que participar, algo que siempre intentó no exteriorizar. 

b) Su gran simbiosis con Cerro Muriano y sobre todo su cariño por su familia, tras casarse en 1948 con 


Paula Martín-Castaño Cabanillas, que habría de darle tres hijos : Lucía, Antonio y Sátur. 

LOS AÑOS SETENTA : NACIMIENTO DE SUS NIETOS Y MADUREZ COMO ZAPATERO EN CERRO MURIANO 

Antonio Martín Cabanillas con su nieto Pedro cerca de Cerro Muriano a principios de los años setenta. 

Desde finales de los años cuarenta, Antonio Martín Cabanillas se marcó una prioridad fundamental : que sus hijos y nietos tuvieran una vida mucho mejor que la de él y que sufrieran mucho menos de lo que él había sufrido. 
                                                                                
Fue siempre un hombre de personalidad muy afable y cordial, que dió un gran valor a la familia y que amó con pasión sin límites a sus hijos y nietos, así como a Cerro Muriano y sus habitantes, entre los que siempre gozó de gran predicamento y respeto, con sus virtudes y defectos. 

Antonio Martín Cabanillas con sus nietos Pedro y María del Mar (hijos de Lucía) en una foto hecha a principios de los años setenta en una zona próxima a una antigua cantina que había cerca de la Estación de Tren de Obejo. En la zona superior izquierda de la imagen se aprecian las vías de la línea férrea Córdoba-Almorchón. La niña va subida en una moto dos tiempos monocilíndrica, en una época en la que la industria motociclística española era todavía uno de los más importantes referentes a nivel mundial. 

El nacimiento de sus hijos Lucía, Antonio y Sátur entre finales de los años cuarenta y década de los cincuenta fue para él una bendición, 

Otra fotografía de principios de los años setenta en la que aparece Antonio Martín Cabanillas con sus nietos María del Mar (a la izquierda de la imagen) y Pedro (a la derecha de la misma). La expresión facial del abuelo revela a la vez una vida previa muy dura, con necesidades de todo tipo, y la inmensa alegría de haber podido formar una familia aumentada con los vástagos que le están dando sus hijos, por los que sentiría una gran devoción hasta el instante mismo de su óbito. 

al igual que el nacimiento de sus nietos Pedro, María del Mar, Elena, Antonio, Pablo, Auxi, Miguel Antonio y Jorge  

Antonio Martín Cabanillas con su esposa Paula Martín-Castaño Cabanillas, su hijo Sátur y su nieto Miguel Antonio.  

Antonio Martín Cabanillas con su nieto Pablo Martín, por el que siempre tuvo una estratosférica debilidad, hasta el punto de que se le ponía la carne de gallina cada vez que estaba con él.  

Antonio Martín Cabanillas con su nieta Auxi Martín, que tenía tan sólo un año de edad en 1974.

Año 1975 en Cerro Muriano (Córdoba). Paula Martín-Castaño Cabanillas sostiene entre sus brazos a su nieta de 2 años Auxi Martín, mientras un feliz a más no poder Antonio Martín Cabanillas agarra su mano izquierda con gran ternura y cariño. 

Antonio Martín Cabanillas en 1989 con su nieto de cuatro años Pablo Martín (hermano de Auxi) en Cerro Muriano (Córdoba). El niño lleva una camiseta de béisbol de los New York Yankees inspirada en el atuendo del legendario jugador Babe Ruth de la Major League Baseball de Estados Unidos. 
              Año 1977 en Cerro Muriano (Córdoba). Antonio Martín Cabanillas con su nieta Auxi Martín, que en esos momentos tenía tres años. 

significó en la práctica la plena consolidación emocional y anímica positiva de Antonio Martín Cabanillas, además de su madurez laboral como artesano de la fabricación y reparación de calzado en Cerro Muriano, en la que llevaba trabajando desde principios de los años sesenta, ya que aunque era un buen albañil, con su proverbial humildad, comprendió que estaba lejos del inmenso talento y experiencia en este ámbito de alquimistas de la albañilería como Antonio Sastre Candelario, Manolo Zoilo, José Antonio Caler y otros, por lo que decidió decantarse por su trabajo como zapatero, 


en el que alcanzó cotas muy altas en su pequeño taller de zapatería de la calle Acera del Cuartel Viejo nº 12 de Cerro Muriano. 

Pequeña mesa de trabajo de zapatero con cajón de accesorios de Antonio Martín Cabanillas fabricada en 1959 y con la que desarrolló su labor en Cerro Muriano durante muchas décadas hasta mediados de los años noventa. 

                              Vista superior de la pequeña mesa de trabajo de zapatero con cajón de accesorios de Antonio Martín Cabanillas. 

1980-2000, PLENITUD FAMILIAR

La década de los ochenta debería haber supuesto en principio la jubilación de Antonio Martín Cabanillas, que tiene ya más de 70 años. 

Pero su insólita vitalidad para su edad y su carácter inquieto y nervioso, le harán seguir trabajando como zapatero hasta mediados de los años noventa, con pleno vigor y eficacia. 

Es un zapatero muy bueno, con gran experiencia y mentalidad artesanal, capaz de arreglar cualquier tipo de calzado y dejarlo como nuevo.

Por otra parte, los zapatos que fabrica de modo totalmente manual están lejos lógicamente de la precisión y belleza de las marcas españolas de referencia como Lottusse, Callaghan, Camper, Fluchos, Pikolinos, Martinelli, etc.

Pero no importa, porque Antonio Martín Cabanillas, que trabaja con muy pocos medios, sabe que la clave de su negocio es hacer zapatos artesanales muy cómodos y resistentes que sigan la escuela del imbatible José Albaladejo Pujadas, especialmente su mítico mocasín modelo 1330, que le tiene enamorado desde los años sesenta. 

Cabanillas es consciente de que no puede hacer de ningún modo zapatos de tan superlativa calidad, porque su muy limitada economía le impide el acceso a materiales de élite, equipos de trabajo y sofisticadas máquinas de última generación, no dispone de red de distribución alguna, su capacidad de producción es muy limitada y el coste de fabricación y precio de venta serían enormes e inviables.

Pero sabe que haciéndolo todo él, reduce notablemente el coste de todas las fases de fabricación, compra los mejores materiales posibles en Córdoba capital, un pegamento especial en Écija y crea con sus propias manos, de modo totalmente artesanal, unos zapatos que aúnan gran solidez y notable durabilidad en el tiempo, con la ventaja añadida de que son funcionales y con una muy buena relación calidad / precio que permite adquirirlos a los habitantes de Cerro Muriano y Obejo, que constituyen su principal clientela. 

Posee todavía una gran vitalidad, catalizada por la gran expansión de su familia, ya que además de sus tres hijos (Lucía, Antonio y Sátur), está viendo crecer a sus nietos y nietas (Elena, Antonio, Pablo, Auxi, Miguel Antonio, María del Mar y Jorge).  

Antonio Martín Cabanillas en 1991 con su nieta Auxi Martín, que en esos momentos tenía 17 años, cerca de Llanes (Asturias). 

                  Otra imagen de Antonio Martín Cabanillas en 1991 durante unas vacaciones cerca de Llanes (Asturias) con su nieta Auxi Martín.

La dicha en su máxima expresión. Año 1999, Cerro Muriano (Córdoba). Antonio Martín Cabanillas tiene 88 años y sujeta entre sus brazos a su viznieta de dos meses de edad Auxi Moreno Martín (hija de Auxi Martín).


2000-2010, ESPERANDO A LA MUERTE

En el año 2000 Antonio Martín Cabanillas tiene casi 90 años. Por primera vez en su vida sus fuerzas le empiezan a fallar.

Su coraje, ganas de vivir y empuje han sido tales que hasta ahora no ha tenido prácticamente enfermedades ni ha visitado médicos durante su existencia, hasta el punto de que cada vez que iba al entierro de algún amigo (Antonio Martín Cabanillas era un hombre de gran sensibilidad que nunca faltaba a las citas importantes) solía decir con tristeza : " El probe era viejo ya ", cuando con frecuencia él era todavía mayor. 

Su sincero afecto y cariño hacia su familia y amigos es tal que cuando Elena Pérez Molina (madre de Auxi y que le quería como a un padre) tuvo que ser ingresada de gravedad en un hospital como consecuencia de una úlcera, Cabanillas la acompañó en todo instante, temiendo por su vida y llorando a mares. 

Por otra parte,  incluso con 93 años, aún era capaz de subirse a la zona alta de una higuera y charlar durante horas con su gran cantidad de amigos en Cerro Muriano, entre los que siempre figuró Antonio Espada. 

Siempre fue una persona todo fibra, repleto de energía, con gran fuerza física a pesar de su pequeño tamaño y delgadez y una insólita resistencia a la fatiga. 

Antonio Martín Cabanillas en las Cuevas de Nerja (Málaga) en 2003, con 92 años de edad. Siempre fue un entusiasta de los viajes por toda la geografía española, acompañado tanto por familiares como por amigos de Cerro Muriano, Obejo y Córdoba capital, que todavía hoy en día añoran su devastador sentido del humor y una amplísima gama de inolvidables anécdotas. 

Pero desde los albores del siglo XXI, Antonio Martín Cabanillas siente que su vida se va apagando.

Son años en que este personaje único en su género e irrepetible espera a la muerte con el coraje y entereza que siempre le caracterizaron desde su infancia. 

Y es durante estos años cuando brilla con luz propia la figura de su nieto Antonio Martín, que se desvive por ayudarle todo lo que puede y le lleva a distintos hospitales una y otra vez, además de llamar a ambulancias y acompañarle en todo instante en algunos momentos muy delicados de salud.

Sea como fuere, Antonio Martín Cabanillas se aferra a la vida con uñas y dientes, sigue viendo, tocando y besando a sus nietos, nietas y viznietos siempre que puede, una y otra vez, 

Antonio Martín Cabanillas con su perro en 2006, cuatro años antes de su fallecimiento. 

además de disfrutar de la compañía de sus muy queridos animales, que siempre fueron otra de sus grandes pasiones.  

Prosiguen además los momentos alucinantes, dos de ellos presenciados por su nieto Antonio Martín, cuando un pletórico Cabanillas, que se había roto una pierna por varios sitios y le pusieron una escayola en el Hospital Reina Sofía de Córdoba, se pasó la noche entera dale que te pego con una navaja pequeña hasta que consiguió desprenderla de su extremidad, porque decía que no le dejaba andar bien, y pocos días después, mientras cuidaba un jardín, se cortó la palma de la mano, fue llevado al mismo hospital, y cuando el médico le preguntó cómo se había hecho esa herida, Cabanillas respondió : ¡ Pues cómo va a ser, trabajando !  

A este hombre apenas le queda ya energía y está muy débil, con fases en que pierde la noción del tiempo y del espacio, pero increíblemente, sigue con su sentido del humor de siempre,  muy cariñoso y feliz al sentir el apoyo y afecto de su familia, que siempre fue para él su más importante motor impulsor. 

La vida de este guerrero que nadie sabe lo que pasó se aproxima a su fin, y tras varios ingresos hospitalarios, fallece en Córdoba en 2010, 


dejando un recuerdo imperecedero entre los habitantes de Cerro Muriano, pueblo al que siempre amó con todo su ser.

Tal fue su carisma y personalidad altruista, siempre dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran, que poco después de su muerte, 


se decidió crear una calle dedicada a su memoria, que tiene el nombre de Pasaje Cabanillas, a pocos metros de la Estación de Tren de Cerro Muriano. 

Antonio Martín Cabanillas frente a la Estación de Tren de Cerro Muriano (Córdoba) en 2008, dos años antes de su fallecimiento. 

martes, 21 de septiembre de 2021

SILVERIA CORRAL LOAISA : UNA FIGURA LEGENDARIA EN LA HISTORIA DE CERRO MURIANO (CÓRDOBA) CUYA HUELLA SIGUE MUY PRESENTE

Texto y Fotos en Color : José Manuel Serrano Esparza 

                                                                                                                   Silveria Corral Loaisa en 1930. 

Silveria Corral Loaisa (1900-1989) fue, es y seguirá siendo uno de los personajes más importantes en toda la historia de Cerro Muriano (Córdoba), un ser humano irrepetible que dedicó su vida en gran medida a hacer el bien a los demás y dejó su imborrable impronta humana en todos aquellos que tuvieron la suerte de conocerla. 

Silveria Corral Loaisa nació en Serón (Almería) en 1900, con el comienzo del siglo XX.

Muy pronto, con tan sólo varios días de edad, marchó con sus padres a Almería capital, donde vivió hasta mediados de los años veinte, casándose con Nicolás Blanque Doméne en Alcóntar (Almería), tras lo cual fue a principios de los años treinta con su marido a Villafranca de Córdoba y Bujalance, donde se instaló en varias zonas de campo desde entonces hasta el final de la Guerra Civil Española, trasladándose con toda su familia el 15 de abril de 1939 a Cerro Muriano (Córdoba), donde fijó su residencia hasta su fallecimiento en 1989. 

Durante toda su vida no supo leer ni escribir.

Pero resulta difícil encontrar una biografía más apasionante que la de esta mujer muy especial, dotada desde muy joven con el don de curar una amplia gama de dolencias y heridas de todo tipo, y que nunca quiso cobrar nada a nadie ni hacer publicidad alguna con respecto a sus portentosas cualidades para la sanación en personas de todas las edades. 

FORMIDABLE DON TERAPÉUTICO CUYO ORIGEN SIGUE SIENDO UN ENIGMA SIN RESOLVER

Silveria Corral Loaisa fue criada por su madre Juana en zonas boscosas entre aproximadamente 1900 y 1912, alimentándola con todo tipo de frutos silvestres e iniciándola desde su más temprana adolescencia en el conocimiento de las propiedades medicinales de un extenso surtido de plantas, cuyas virtudes principales había aprendido en áreas de Serón, Alcóntar, Bayarque y Bacares, durante una época de crisis económica generalizada por toda España, catalizada por las consecuencias del coste de las guerras de Cuba y Filipinas, así como por unas enormes desigualdades sociales. 

Por si todo ello fuera poco, el año en que nació Silveria Corral Loaisa, España tenía un porcentaje de población analfabeta del 64% y sólo las clases más pudientes podían permitirse acceder a la enseñanza secundaria y la universidad, estando también la enseñanza primaria fuera del alcance de muchas familias campesinas, que constituían alrededor del 40% del total de la población activa en España y cuyos hijos tenían que trabajar duramente en el campo a partir de aproximadamente los ocho años de edad para poder ayudar a la subsistencia. 

Una época en que la ocupación laboral más extendida por todo el país era la de jornalero, sin olvidar el hecho de que muchísimas mujeres campesinas se veían obligadas a trabajar también de sol a sol en las faenas del campo para ayudar a la economía familiar, además de preparar las comidas y lavar la ropa, con lo cual sus horas de trabajo diarias eran en realidad todavía más que las de los hombres. 

Éste fue el contexto en el que se vió inmersa Silveria Corral Loaisa desde su nacimiento, y que continuó a principios de los años veinte, tras contraer nupcias con Nicolás Blanque Domene, que era jornalero, al igual que Antonio, padre de Silveria.

                                                                         Silveria Corral Loaisa y su marido Nicolás Blanque Domene en 1930.

La foto de principios de los años treinta de Silveria Corral Loaisa y su marido Nicolás Blanque Domene muestra a una mujer de gran belleza natural y fuerza en la mirada, con indumentaria de color negro y delantal utilizado durante la elaboración de las comidas, mientras que su esposo jornalero muestra en su rostro endurecido y sometido a todo tipo de privaciones las secuelas del agotamiento y envejecimiento prematuro (aparenta más años de los que realmente tiene) como consecuencia del durísimo trabajo en el campo y unas condiciones laborales muy precarias, con frecuencia entre 12 y 16 horas diarias de sol a sol.

Este hombre ha sufrido mucho durante su vida. Aparece muy delgado, con el rostro enjuto, barba de varios días, le faltan algunos dientes y su pelo está desarreglado. 

Su mirada revela claramente que ha trabajado hasta la extenuación en las faenas agrícolas desde niño. 

Sea como fuere, ambos mantienen ante la cámara una compostura de enorme dignidad y orgullo, algo especialmente encomiable dadas las circunstancias extremas de lucha por la supervivencia en que ambos están inmersos. 

Porque esta dura y a la vez entrañable imagen en blanco y negro revela ante todo y para todo el ancestral coraje de vivir inherente a la especie humana.  

Pero la trayectoria diacrónica de Silveria Corral Loaisa está fortísimamente impregnada de misterio : durante su niñez y adolescencia, fue criada y educada sobre todo por su madre (su padre tuvo que trabajar a destajo en el campo durante toda su vida), que la enseñó nociones básicas de propiedades curativas de distintas plantas, además de instruirla en diferentes frutos silvestres comestibles que podían complementar la dieta deficitaria en proteínas típica de la época en las familias campesinas y permitir la supervivencia en las épocas de mayor necesidad. 

Con el transcurrir de los años, Silveria Corral Loaisa incrementó los conocimientos esenciales sobre propiedades curativas de plantas que le había enseñado su madre, hasta adquirir un nivel ciertamente descomunal en tal ámbito, convirtiéndose en una gran experta en la riqueza, diversidad y potencial fitoterapéutico de las plantas medicinales existentes en la zona de Cerro Muriano, incluso en sus lugares más recónditos, de tal manera que su fama, algo no anhelado por ella, y que empezó a forjarse desde principios de los años cuarenta, se cimentó en gran medida en su inefable talento e intuición para curar no sólo las culebrillas, sino también muchas enfermedades distintas, así como roturas de huesos, luxaciones, gangrenas, lumbagos crónicos, etc. 

Inevitablemente, surge la pregunta : ¿Cuándo y cómo fue capaz Silveria Corral Blanque de adquirir ese inmenso caudal de conocimientos en una pléyade de plantas medicinales distintas, si tenía que trabajar muchísimas horas al día tanto en el campo como en casa para ayudar a su marido?

A día de hoy, treinta y dos años después de su fallecimiento y 121 desde su nacimiento, nadie ha sido capaz de encontrar una respuesta. 

Fotografía de 1945 en la que aparece Silveria Corral Loaisa con su marido Nicolás Blanque Domene y cuatro de sus once hijos (de izquierda a derecha) : Nicolás (nacido en 1944), Antonio (el hermano mayor, situado entre sus padres), Antoñita (nacida el 12 de diciembre de 1939) y Lola (nacida el 27 de junio de 1941). Es una imagen muy interesante, en la que Silveria aparece ya en plena madurez, con 45 años de edad y físicamente desgastada por el paso de los años, su infatigable labor de madre y las muchísimas horas de trabajo durante tres décadas, aunque preservando todavía buena parte de su belleza y empuje, mientras que su marido Nicolás, que tiene unos 50 años de edad, está muy envejecido y enfermo, tras 40 años de trabajo a destajo en el campo como jornalero (morirá dos años después, en 1947), pese a lo cual su semblante refleja una gran felicidad, ya que Silveria le ha dado once hijos, de los que ambos están muy orgullosos.  

Pero parece ser que desde principios de los años cuarenta, a base de tesón, esfuerzo, pasión y una enorme fuerza de voluntad, Silveria Corral Loaisa pudo encontrar tiempo para perfeccionar en gran medida los conocimientos que le fueron transmitidos por su madre, aprender de modo infatigable y experimentar constantemente con todo tipo de plantas que buscaba in situ en los lugares más variopintos. 

Bellísima pita en la zona sur de Cerro Muriano (Córdoba), a la izquierda del tramo de carretera N-432a Granada-Badajoz que discurre aproximadamente 400 metros antes de llegar al Restaurante Los Pinares. Las plantas con propiedades curativas son un regalo de la naturaleza que se utiliza desde la más remota antigüedad. A base de tesón, perseverancia y partiendo de nociones básicas que le enseñó su madre en varias áreas de la provincia de Almería durante las dos primeras décadas del siglo XX, Silveria Corral Loaisa pudo desarrollar un gran conocimiento en este ámbito, que perfeccionó más y más en Cerro Muriano desde principios de la década de los años cuarenta hasta los años ochenta.

Plantas como la pita, de la que Silveria extrajo siempre el máximo potencial curativo posible, especialmente con la inserción de pies accidentados en agua caliente durante una hora, 

Otra preciosa pita en la zona sur de Cerro Muriano (Córdoba), a la derecha del tramo de carretera N-432a Granada-Badajoz que discurre aproximadamente 300 metros antes de llegar al Restaurante Los Pinares. 

con dosis que ella preparaba de dicha planta, tras sus famosos tirones bruscos previos en distintas direcciones con los que conseguía volver a poner los huesos en su sitio.  

UNA INTUICIÓN Y PERSPICACIA PSICOLÓGICA VERDADERAMENTE IMPRESIONANTES

Otro de los aspectos más destacados de la personalidad de Silveria Corral Loaisa ensalzados por las muchas personas de Cerro Muriano, Obejo y Córdoba capital a las que curó entre los años cuarenta y finales de los ochenta, fue siempre su inefable aproximación psicológica a cada accidentado o enfermo. 

Es decir, Silveria tenía una gran capacidad para relacionarse profundamente con cada persona a la que atendía, mediante grandes dosis de empatía, aceptación incondicional y autenticidad.

Y éste vínculo obtenido mediante palabras y lenguaje corporal adecuados, además de su famosa mirada, daba una gran confianza y seguridad a sus pacientes. 

De entre las brumas del tiempo surge cada vez con más fuerza la egregia figura y espíritu de Silveria Corral Loaisa, cuya diacrónica y muy encomiable labor humana en Cerro Muriano (Córdoba), ayudando desinteresadamente a todos los que confiaron en ella durante muchas décadas del siglo XX, sigue muy viva en el recuerdo, con un enorme, sincero e incólume cariño. 

Así pues, el gran don para la curación de Silveria Corral Loaisa emanaba no sólo de su vasto conocimiento de las propiedades medicinales de una amplísima variedad de plantas y de su talento intuitivo a la hora de dar sus célebres tirones de huesos con los que volvía a ponerlos en su sitio (además de sus palpaciones en zonas concretas del cuerpo dependiendo de cada zona accidentada o dolencia específica), sino también de su singular don para establecer sintonía con cada paciente y comunicar dicha empatía, tanto con su lenguaje verbal como corporal, optimizando el potencial sanador mediante la confianza mútua, de tal manera que se generaba un vínculo indisoluble entre Silveria y cada persona a la que asistía lo mejor que podía, siempre con muy pocos medios, con una especie de medicina natural de cosecha propia, pero de gran eficacia. 

Por increíble que pueda parecer (Silveria era analfabeta y nunca pudo ir a la escuela, ni siquiera a enseñanza primaria, como consecuencia de las difíciles circunstancias económicas que tuvo que afrontar su familia desde principios del siglo XX), esta histórica y muy entrañable mujer sabía a la perfección cómo identificarse con las necesidades y sentimientos de cada paciente y adaptarse a ellas.

Silveria Corral Loaisa era plenamente consciente de que cada persona precisa un tipo distinto de interacción y la génesis de una fuerte conexión emocional que la convenza de que se va a curar. 

Y éste fue un ámbito en el que Silveria también destacó en gran medida, lo cual catalizó una plena simbiosis con sus profundos conocimientos de las propiedades medicinales de muchas plantas, su intuición terapéutica y su acervo empírico muy sui géneris, totalmente basado en la experiencia, de tirones de huesos para reubicarlos en su posición inicial antes de accidentes. 

HUMILDAD A PRUEBA DE BOMBA Y AUSENCIA DE GANANCIA 

                               Silveria Corral Loaisa en una fotografía hecha en Cerro Muriano (Córdoba) a principios de los años ochenta. 

Silveria Corral Loaisa siempre tuvo como virtud añadida la proverbial humildad que caracteriza a las personas realmente grandes e importantes. 

De hecho, su trayectoria vital tuvo dos ejes principales : 

2 de abril de 1967. Celebración de la boda de Lola Blanque Corral en el Bar Restaurante Cinema de Cerro Muriano (Córdoba). De izquierda a derecha : Silveria Corral Loaisa, Antonia (madre de Basilio), Lola Blanque Corral (hija de Silveria), Basilio (marido de Lola) y su padre Juan Manuel. Puede apreciarse en la imagen como la mítica Silveria agarra la mano de la madre de Basilio (físicamente más deteriorada) para arroparla y que perciba todo su cariño. Además, Basilio siempre tuvo un enorme cariño y química hacia Silveria, de tal manera que desde principios de los años ochenta, cuando ya no pudo andar, Basilio y Lola iban a todas partes con Silveria, que iba montada en una silla de ruedas.  

2 de abril de 1967. Celebración de la boda de Lola Blanque Corral en el Bar Restaurante Cinema en Cerro Muriano (Córdoba). De izquierda a derecha : Rosi (cuñada de la tía Paulita), la tía Paulita (esposa de Fernando), Fernando Blanque Corral (hermano de Silveria), Silveria Corral Loaisa (madre de Lola), Basilio (marido de Lola), Adela (hija de Silveria), su marido Antonio y su hijo Antoñete. Silveria Corral Loaisa aparece sonriente y exultante de alegría. Es en esos momentos la mujer más feliz del mundo. 

a) La máxima atención a su esposo y sus once hijos : Emilia, María, Adela, Pedro, Fernando, Antonio, Joaquín (que murió con tres años de edad antes de la guerra, y que está enterrado en Villanueva de Córdoba), Antonia, Alejandro, Lola y Nicolás, a los que siempre amó con locura, luchando con uñas y dientes para conseguir sacarles adelante a partir de 1947, año en que quedó viuda. 

b) Su dedicación plena a las personas que acudían a ella para ser sanadas tras un accidente o de diferentes enfermedades. 

Año 1978. Los Llanos del Conde (Cerro Muriano). De izquierda a derecha : Lola Blanque Corral, Lola (hija de Lola Blanque Corral), Basilio (marido de Lola), Begoña (mujer de Juan Rafael Serrano Blanque), Silveria Corral Loaisa, Antonia (hija de Lola), Juan Rafael Serrano Blanque (sobrino de Lola), Matilde (hermana de Rafael Serrano Blanque), Antonia (hija de Lola y Basilio), María Ángeles (hija de Lola y Basilio) y Basilio (hijo de Lola y Basilio).

Pero existen varios factores trascendentales que marcan totalmente la diferencia en el devenir diacrónico de esta mujer incomparable, todo bondad y amor a los demás : 

- Nunca quiso cobrar nada de dinero a nadie, ni tampoco aceptó regalos de ningún tipo. 

- Siempre proclamó que ella no era médico ni curandera, que por motivos que desconocía tenía ese don para sanar y que hacía las cosas lo mejor que podía. 

- Nunca buscó clientes ni hizo ningún tipo de publicidad con respecto a sus capacidades para la sanación.

- Jamás intentó hacer ningún tipo de proselitismo religioso o de convicciones para convencer a nadie de nada en tal sentido. 

Se limitaba a esforzarse al máximo para curar a las personas que confiaban en ella. 

CURACIÓN A PERSONAS CON GANGRENA 

Además de la curación de roturas de piernas, brazos, algunas lesiones de columna vertebral, reumatismo, artritis, cicatricaciones, etc, algunos de los episodios más asombrosos en la vida de Silveria Corral Loaisa tuvieron lugar cuando ya con más de cincuenta años de edad recibió la visita de algunos médicos de Córdoba que la pidieron ayuda para poder curar a varios pacientes de gangrena con los que se había intentado todo y cuyas vidas peligraban. 

Silveria les dijo a los doctores que ella era una persona normal con cierto don, pero que lógicamente, sus conocimientos y capacidades para curar eran muy limitados en comparación con cualquier médico.

Sea como fuere, los médicos insistieron en que Silveria visitara a estos pacientes con gangrena muy grave, hasta que accedió, y a los pocos días todos ellos se curaron y salvaron sus vidas. 

No se conocen los detalles de tales visitas ni el tipo de tratamiento que Silveria aplicó a dichos pacientes en peligro de muerte, porque además, la propia Silveria pidió la máxima discreción al respecto. 

Pero desde los años cuarenta hasta hoy en día, ha habido muchísimos testimonios de personas que han demostrado sin ningún género de dudas que Silveria curó a mucha gente de todo tipo de dolencias, roturas y lesiones producto de accidentes, y que muy frecuentemente médicos de Cerro Muriano, Obejo y Córdoba capital fueron a visitarla y le pidieron consejo durante muchas décadas para tratar a pacientes a los que no podían curar, y a quienes ella consiguió sanar. 

Fotografía de Silveria Corral Loaisa hecha en Cerro Muriano en 1988, un año antes de su fallecimiento. De modo increíble, no tiene ni una sóla arruga en su rostro y conserva todo su pelo prácticamente intacto, aunque tenía ya ambas piernas muy deterioradas, por lo que no podía andar y precisaba silla de ruedas. Pese a no saber leer ni escribir, esta maravillosa mujer forjada a fuego pudo desarrollar una complejísima y a la vez sencilla cosmología propia, vinculada a poderosas energías invisibles, a base de sufrimiento constante, experiencia adquirida, coraje a raudales, gran resistencia a la fatiga e inquebrantable vocación de servicio a los demás, con muy pocos medios, en plena sinergia con un profundísimo conocimiento de las muchas y diferentes plantas medicinales locales que contienen sustancias químicas en sus hojas, flores, tallo o raíz, de tal manera que mediante la simbiosis entre la gran fuerza de sus manos realizando tirones en zonas concretas de las articulaciones y distintos métodos de preparación de las plantas que seleccionaba, era capaz de aplicar todo ese ancestral acervo sanador natural con un tratamiento específico para cada persona, curando con pleno éxito una amplia gama de dolencias, roturas de huesos, lumbagos, gangrenas, etc. 

Silveria Corral Loaisa fue una mujer repleta de aura y personalidad muy especial, un personaje telúrico de primerísimo nivel, pero que nunca tuvo afán de protagonismo alguno, intentando siempre pasar desapercibida si era posible, con la prioridad inquebrantable de ayudar todo lo que podía a los demás, algo en lo que se entregaba al máximo, con todo su ser y unos desaforados niveles de pasión y amor por el prójimo. 

VISITAS NOCTURNAS DURANTE DÉCADAS ENTRE 1940 Y FINALES DE LOS AÑOS OCHENTA 

Pese a la naturaleza sencilla y discreta de Silveria Corral Loaisa, sus curaciones a personas cuyas dolencias se daban por poco menos que insolubles hicieron que su fama se extendiera no sólo entre los habitantes de Cerro Muriano y Obejo, sino también en las más altas esferas de Córdoba capital, algo que se mantuvo en el más absoluto secreto y que únicamente ha trascendido recientemente, varias décadas después de los hechos. 

Durante casi medio siglo, entre 1940 y 1988, Silveria Corral Loaisa recibió muchas visitas nocturnas (algunas de ellas incluso a altas horas de la madrugada) de personas de la más variada índole profesional y social, a las que siempre les abrió la puerta de su casa y atendió lo mejor que pudo, conforme a sus modestas posibilidades. 

Pues bien, algunas de estas personas que la visitaron a altas horas de la noche en Cerro Muriano (Córdoba) fueron celebridades del máximo nivel y fama de Córdoba capital, hombres y mujeres de enorme relevancia en el ámbito de las artes, la ciencia y la política, que acudieron a Silveria para intentar curarse de dolencias que arrastraban desde hacía muchos años o bien se presentaron con familiares muy allegados que eran enfermos terminales, a la mayoría de los cuales consiguió sanar. 

Silveria Corral Blanque siempre fue una persona de gran sensibilidad y agradeció enormemente tales visitas y la confianza de dichas personas, poniendo exactamente el mismo nivel de esfuerzo que con los habitantes de Cerro Muriano y Obejo. 

Pero les exhortó a que no hablaran de ella y a que no hicieran publicidad alguna de su don en Córdoba capital, porque Silveria siempre dijo que para eso estaban los médicos que sabían más que ella, lo cual cumplieron a rajatabla, y sólo muchos años después dichas personas relataron a sus descendientes lo que había ocurrido y la grandeza de Silveria, una mujer cuyo aprendizaje vital fue también fruto de la necesidad y una ingente cantidad de penalidades de todo tipo que presidieron gran parte de su existencia.

Ese fue el principal motivo por el que siempre estuvo dispuesta a ayudar a todas las personas que pudo, intentando con todas sus fuerzas que no sufrieran lo que ella había sufrido. 

UN RECUERDO IMPERECEDERO 

Es verdaderamente impresionante la pervivencia en el recuerdo que la insigne figura de Silveria Corral Loaisa tiene todavía hoy en día, treinta y un años después de su muerte, la gente no la ha olvidado en absoluto y cada vez que amanece en Cerro Muriano, 

los primeros rayos de luz solar hacen refulgir de modo áureo las letras que presiden la plaza que lleva su nombre, como reconocimiento a la incomparable humanidad y altruismo de esta gran señora, cuya presencia seguirá trascendiendo el paso del tiempo.

martes, 14 de septiembre de 2021

FILOMENA DÍAZ RUBIO : DUEÑA Y SEÑORA DEL CERRO DE LA COJA (CERRO MURIANO)

 Texto y Fotos : José Manuel Serrano Esparza 

                                                                                       Filomena Díaz Rubio " La Coja " (1887-1972)

Entre principios de los años veinte y finales de los años sesenta, Filomena Díaz Rubio " La Coja ", una mujer excepcional, 


vivió en la cueva del cerro de 538 m que lleva su nombre, situado a las afueras de Cerro Muriano y perteneciente al término municipal de Obejo, ambos en la provincia de Córdoba (España). 

ORÍGENES DE UNA EPOPEYA

Han sido necesarias varias décadas para poder descifrar cuales fueron las claves de la vida y biografía de uno de los personajes más singulares y fascinantes en toda la historia tanto de Cerro Muriano como del término municipal de Obejo.

Filomena Díaz Rubio "La Coja" (hija de Juan Miguel Díaz Lara y Leonor Rubio Avalos) nació el 9 de agosto de 1887 en Benizalón (Almería) y se casó en 1908 con Juan Manuel Almansa García (nacido en 1885 e hijo de Francisco Almansa García y María García Sáez), viviendo ambos en Almería hasta principios de los años veinte, cuando a consecuencia de la muy precaria situación económica de la zona, deciden emigrar a Cerro Muriano, 

instalándose en la cueva existente al pie del Cerro de la Coja (que en aquella época no tenía nombre alguno), ubicado a las afueras de dicho pueblo y perteneciente al término municipal de Obejo. 

De éste modo, ambos inician su vida dentro de la mencionada cueva del Cerro de la Coja durante los años veinte, ya que Juan Manuel Almansa García (marido de Filomena) es jornalero y trabaja en lo que puede para subsistir tanto él como su esposa, por lo que no les es posible adquirir una vivienda propia. 

Filomena Díaz Rubio " La Coja " y su marido Juan Manuel Almansa García tuvieron tres hijos : Piedad (1924-1998), María Teresa (1909-1998) y un varón que morirá durante la segunda semana de septiembre de 1936 y cuyo nombre no ha podido ser encontrado hasta la fecha. 

Durante los cinco primeros años de la década de los treinta, la situación económica empeora todavía más en España como consecuencia de la inestabilidad política y social, los efectos de la crisis del 29 a nivel internacional y la recesión económica que afectó especialmente al sector agrícola (en el que trabajaba más del 40% de la población activa), la industria (excepto la textil), la construcción y a los sectores importación/exportación, reduciéndose la inversión extranjera y generándose el retorno de muchos emigrantes, así como una brecha cada vez mayor entre las clases adineradas y las humildes. 

En un contexto de esta naturaleza, encontrar trabajo como jornalero en el sector rural se convirtió en algo verdaderamente difícil, por lo que Filomena Díaz Rubio y su marido Juan Manuel Almansa García 

decidieron empezar a cultivar varias zonas en pendiente del Cerro de la Coja (que por aquella época no tenía todavía tal denominación) por encima de la entrada de la cueva donde vivían, para poder sobrevivir tanto ellos dos como sus hijas Piedad, María Teresa y el niño cuyo nombre es desconocido a día de hoy. 

Asimismo, complementaban su alimentación con los frutos de la gran cantidad de higueras, almendros y otros árboles que había entonces en el cerro en cantidad mucho mayor que hoy en día.

Fueron años de trabajo extenuante, de sol a sol, en este cerro adyacente a Piedra Horadada y el tramo del Camino de los Pañeros que cruza junto a ella, muy cerca de los Lavaderos y Fundiciones de la Córdoba Copper Company, cultivando todo tipo de productos, en condiciones incómodas por la pronunciada pendiente del cerro.

5 DE SEPTIEMBRE DE 1936, LA TRAGEDIA ASOLA A LA FAMILIA DE FILOMENA DÍAZ RUBIO

Si ya las condiciones de vida de Filomena Díaz Rubio y su marido Juan Manuel Almansa García durante la primera mitad de los años treinta fueron de gran dureza (teniendo además que sacar adelante con ímprobo esfuerzo a sus hijas Piedad, María Teresa y a su hijo, niños muy pequeños por aquel entonces), el 5 de septiembre de 1936 marcó un antes y un después en las vidas de todos ellos. 

Fue tal día cuando se produjo el ataque de tres columnas franquistas bajo el mando global del general Varela sobre Cerro Muriano, en una jornada durante la cual la intensificación del bombardeo del pueblo por parte de la aviación franquista a partir de las 15:00 h de la tarde tuvo como consecuencia el masivo éxodo de la población civil con dirección noroeste hacia la Estación de Tren de Obejo y El Vacar. 

Filomena Díaz Rubio, su marido Juan Manuel Almansa García, sus hijas Piedad y María Teresa, así como su hijo, emprenden también juntos la huida hacia el norte de Cerro Muriano, pero durante su marcha a pie, una bomba de aviación arrojada por un aparato franquista impacta junto a ellos con devastador efecto, arrancando la metralla una pierna a Filomena y también a su marido Juan, mientras que sus hijas Piedad y María Teresa resultan heridas graves, y su hijo, destrozado por la metralla, se debate entre la vida y la muerte, hasta que fallece a los pocos días. 

No ha sido posible encontrar información sobre las circunstancias en las que se produjo la salvación de Filomena y su marido Juan, ni tampoco con respecto al hospital o puesto de socorro al que fueron trasladados ellos y sus hijos.

Pero sin duda tuvieron que ser momentos terribles, gravemente heridos por el impacto de la bomba, con profusas hemorragias y la angustia de no poder socorrerse unos a otros en medio del caos de la precipitada huida de la población civil de Cerro Muriano, hasta que llegó la ayuda. 

Y no digamos ya la tensa espera durante los días siguientes, hasta que su único hijo varón, herido muy gravemente, falleció y probablemente tuvo que ser enterrado no en un cementerio, sino en algún lugar improvisado, en circunstancias muy convulsas y con gran rapidez. 

COMIENZA LA LEYENDA DEL CERRO DE LA COJA 

Tras la Guerra Civil Española, la vida de Filomena Díaz Rubio, su marido Juan Manuel Almansa García y sus hijas Piedad y María Teresa se convierte en un inefable drama vital presidido por enormes dificultades económicas, la tristeza ante el hijo perdido y la necesidad de abrirse camino y tirar para adelante como sea. 

Con su movilidad notablemente reducida a consecuencia de la pierna perdida por cada uno de ellos, 

Filomena Díaz Rubio y Juan Manuel Almansa García fijan de modo permanente su residencia dentro de la cueva del que la gente del pueblo denomina ya El Cerro de la Coja (en alusión a Filomena), en el que llevaban viviendo desde principios de los años veinte. 

Juan Almansa García utiliza una rudimentaria prótesis de madera con la que puede andar a duras penas y mantener el equilibrio, mientras que Filomena Díaz Rubio " La Coja " , debido a que su pierna fue seccionada por la metralla en la parte alta del muslo, no puede llevar prótesis de madera y opta por apoyar el muñón en una silla de madera cuyas patas están algo recortadas y que agarra con su mano mientras la apoya en el suelo cada vez que da un paso al caminar, con un muy precario equilibrio y ayudada en todo instante por su hija Piedad, que la acompaña en todo momento allí donde va.

A partir de este momento (con su hija María Teresa ya independizada y viviendo también en Cerro Muriano), durante nada menos que dos décadas, con enorme pundonor, capacidad de lucha y extraordinario esfuerzo, Juan Almansa García consigue sacar adelante a su esposa y su hija Piedad


cultivando de nuevo diferentes productos en la zona intermedia y alta del Cerro de la Coja, algo que ya había hecho antes de la guerra junto con Filomena, y que ahora ha de realizar en solitario, en durísimas condiciones, pudiendo apoyar únicamente una pierna sobre el suelo del mismo, que además está en pronunciada pendiente, lo cual dificulta mucho cualquier movimiento así como el uso de aperos de labranza, y ralentiza enormemente toda actividad agrícola. 

Llegada ya la década de los sesenta, Filomena Díaz Rubio " La Coja " y su marido Juan Manuel Almansa García 

continúan viviendo en el Cerro de la Coja, muy envejecidos, con achaques y dolencias de toda índole. 

Son dos ancianos próximos a los ochenta años, prácticamente sin energía ni movilidad alguna y que pueden sobrevivir gracias a la ayuda de sus hijas Piedad y María Teresa, que acuden varias veces al día al Cerro de la Coja para echarles una mano en todo lo que pueden. 

Agosto de 2007. Antonio Sastre Candelario, legendario albañil de Cerro Muriano acude al Cerro de la Coja a rendir pleitesía a Filomena Díaz Rubio " La Coja " , 35 años después de su muerte. El mítico Sastre aparece en imagen junto a la enorme higuera situada pocos metros antes de llegar a la puerta de la cueva del Cerro de la Coja. 

Es entonces cuando muchos ciudadanos de Cerro Muriano 

Agosto de 2007. Antonio Sastre Candelario acaba de visitar la puerta de entrada a la cueva del Cerro de la Coja, donde Filomena Díaz Rubio vivió durante más de cincuenta años, entre principios de los años veinte y finales de los años sesenta. El alquimista de la albañilería nacido en Los Santos de Maimona (Badajoz) fue una de las muchas personas de Cerro Muriano que ayudaron todo lo que pudieron a Filomena Díaz Rubio " La Coja " (con quien tuvo gran amistad), especialmente durante la segunda mitad de los años sesenta, tras el fallecimieto de su marido Juan Manuel Almansa García. Antonio Sastre Candelario aparece a la derecha de la imagen, visiblemente emocionado y mirando a la zona de acceso a la cueva que fue morada de Filomena Díaz Rubio durante más de medio siglo. 

se movilizan y deciden ayudar también a Filomena y Juan con comida, dinero en efectivo, ropa y muchas otras cosas. 

Muchos de ellos ven a diario como especialmente Piedad (que es la persona que estuvo durante toda su vida ayudando a su madre y renunció a casarse hasta después del fallecimiento de la misma) da paseos agarrando del brazo a su progenitora Filomena, mientras ésta camina como puede, con gran esfuerzo y faltándole el resuello. 

Una vez más, con gran solidaridad, los habitantes de Cerro Muriano hacen piña y deciden promover una colecta que permita reunir el dinero suficiente para construir una pequeña casa donde Filomena Díaz Rubio " La Coja " y su marido Juan Manuel Almansa García puedan vivir los últimos años de su vida.

La colecta surte efecto y se consigue reunir el dinero suficiente, con el que se le compra una pequeña casa a Filomena y su marido Juan, en la que comienzan a vivir desde principios de los años sesenta.

                                                   Juan Manuel Almansa García (1885-1965), marido de Filomena Díaz Rubio " La Coja ". 

Pero Juan Manuel Almansa García (marido de Filomena y dos años mayor que ella) está muy delicado de salud. 

Además de arrancarle una pierna, la metralla de la explosión de la bomba de aviación el 5 de septiembre de 1936 afectó a varios de sus órganos vitales, por lo que necesita cuidados constantemente y apenas puede moverse, hasta que fallece el 2 de enero de 1965 en el interior de la mencionada pequeña casa, tras una vida repleta de sufrimientos y privaciones. 

La muerte de su marido Juan Manuel Almansa García deja a Filomena Díaz Rubio " La Coja " sumida en una profunda depresión y tristeza. 

Está agotada y sin fuerzas, consumida por la tristeza, ya no quiere seguir viviendo, y únicamente el apoyo de sus familiares más allegados, especialmente sus hijas Piedad y María Teresa (que se aproximan a los 55 años de edad) hacen que pueda salir adelante. 

La situación es dantesca. 

Al igual que su marido Juan Manuel Almansa García, Filomena Díaz Rubio " La Coja " ha vivido una existencia repleta de sufrimientos y privaciones, rota además por el inmenso dolor de haber perdido un hijo el 5 de septiembre de 1936, cuando tenía casi 50 años. 

Y ahora, a los 77 años de edad, ha perdido a su marido.

Sólo le queda la mitad de su familia, sus hijas 

                                                                                          Piedad Almansa Díaz (1924 -1986)

Piedad 

                                                                                        María Teresa Almansa Díaz (1909-1998)

y María Teresa. 

No obstante, el cariño y apoyo que recibe Filomena Díaz Rubio " La Coja " por parte de los habitantes de Cerro Muriano consiguen aumentar su moral y ganas de seguir viviendo varios años más, hasta que fallece el 2 de enero de 1972, a los 85 años de edad, siendo enterrada en el Cementerio de San Rafael de Córdoba el día 3 de enero de dicho año.

Su tumba no ha podido ser encontrada hasta la fecha. 

Los indicios apuntan a que tras ser enterrada en el Cementerio de San Rafael de Córdoba, debido a las dificultades económicas de la época, no se pudo seguir pagando el alquiler de la tumba, por lo que el cuerpo de Filomena fue exhumado y arrojado a una fosa común.

Pero el reciente hallazgo de una fotografía familiar de Filomena Díaz Rubio " La Coja " ha permitido preservar para siempre el inmenso legado humano y extratosférica dimensión como persona de este ser humano excepcional y atemporal, cuyo recuerdo será un metafísico faro de luz, cuántico a más no poder, para las generaciones venideras. 

MÁS ALLÁ DE LA MUERTE. 1 DE AGOSTO DEL 2018, UNA FECHA HISTÓRICA 

El recuerdo de Filomena Díaz Rubio " La Coja "  y su leyenda pesaban mucho, hasta el punto de que eran legión las personas tanto de Cerro Muriano como de Obejo que pedían un reconocimiento a su insigne e histórica figura. 

Y 46 años después de su fallecimiento, el 1 de agosto de 2018, el pleno del Ayuntamiento de Obejo, reunido en Cerro Muriano, decidió otorgar a Filomena Díaz Rubio " La Coja " , una placa conmemorativa en reconocimiento a su digno ejemplo vital que permanece y seguirá permaneciendo todavía muy vivo en el recuerdo colectivo de los habitantes tanto de Cerro Muriano como del termino municipal de Obejo. 

Al fondo de la imagen a la derecha puede verse parte del bellísimo Mirador del Cerro de la Coja, cuyo nombre evoca a Filomena Díaz Rubio, que contempló muchos amaneceres durante más de medio siglo desde dicho punto, que permite la observación de sublimes paisajes de Sierra Morena. 

Porque más de medio siglo después de su muerte, el recuerdo de Filomena Díaz Rubio " La Coja " está muy presente y nunca caminará sóla.