domingo, 17 de octubre de 2021

RAFAEL CENTENO COBOS : TODA UNA VIDA DE ESFUERZO POR SU FAMILIA Y DEVOCIÓN POR CERRO MURIANO (CÓRDOBA)

 Texto y Fotos 2021 : José Manuel Serrano Esparza 


Hijo de Francisco Centeno Lucena y María Cobos Escribano, la vida de Rafael Centeno Cobos, nacido en Cerro Muriano (Córdoba) el 14 de abril de 1932, fue siempre un compendio de esfuerzo y tesón en grado superlativo, como el de tantos otros habitantes de este entrañable pueblo de la sierra norte cordobesa, que tras la Guerra Civil Española tuvieron que salir adelante en un contexto presidido por la necesidad, la carencia prácticamente de todo, un contexto económico devastado por la contienda y el tener que trabajar la mayoría de las veces en lo que iba saliendo, lo cual dificultaba notablemente la especialización laboral.  

Fotografía de 1948 en Cerro Muriano. De izquierda a derecha : Rafael Centeno Cobos muy joven con 16 años de edad, Francisco Centeno Lucena (padre de Rafael), Antonio Centeno Cobos (hermano de Rafael, con boina negra, hoy en día residente en Holanda), María Cobos Escribano (madre de Rafael y Antonio), Pepe (hermano de Rafael y Antonio, con gafas de sol), Francisco (hermano de Rafael, Antonio y Pepe), Joaquina (mujer de Antonio, de pie, en el centro de la imagen, ligeramente a la derecha), Ana Centeno Cobos, María Centeno Cobos (sentada, en el centro de la imagen, con vestido blanco), Loli Centeno Cobos (la niña que está a la derecha de la imagen, con su brazo izquierdo orientado hacia la cámara), y detrás de ella está Francisca Centeno Cobos. La niña a la que sujeta un hombre (Castor, marido de Ana Centeno Cobos) entre sus brazos, a la derecha del todo de la imagen, es Carmen Centeno Cobos. 

Rafael Centeno Cobos nació en el seno de una familia humilde dedicada a las labores agrícolas y acostumbrada a trabajar de sol a sol para subsistir. 

Un entramado vital que se vió profundamente alterado cuando con tan sólo cuatro años de edad, tuvo que escapar a pie con sus padres, hermanos y hermanas el 5 de septiembre de 1936 huyendo del bombardeo del pueblo por parte de la aviación franquista, caminando bajo un sol abrasador hasta la Antigua Estación de Tren de Obejo, El Vacar y Pozoblanco (un total de 42 km), donde les montaron en un tren de carbón que les llevó a Algemesí (Valencia), pasando allí el resto de la guerra hasta 1939. 

Francisco Centeno Lucena y María Cobos Escribano (padres de Rafael Centeno Cobos). Fotografía realizada a principios de los años ochenta junto a su casa en Cerro Muriano (Córdoba), cerca del Bar de Jesule y la Plaza de Andalucía. 

A mediados de dicho año, Francisco y María, padres de Rafael Centeno Cobos, deciden regresar a Cerro Muriano para reanudar su vida en el pueblo, donde tenían una casa.

Pero nada más llegar, se encuentran con un panorama desolador : su casa ya no existe y en el lugar donde estaba, únicamente hay tierra. 

Es una experiencia traumática que significa un antes y un después en la vida de Rafael Centeno Cobos, que tiene en ese momento tan sólo siete años, pero que catalizará la principal seña de identidad tanto de él como de la familia que creará a partir de 1960 : una enorme cohesión y solidaridad colectiva, con todo el mundo arrimando el hombro, haciendo piña constantemente y de modo increíble. 

Así pues, a mediados de 1939, todos los integrantes de la familia Centeno Cobos (el matrimonio formado por Francisco Centeno Lucena, María Cobos Escribano y sus hijos Ani Centeno Cobos y Rafael Centeno Cobos) tienen que dormir todos juntos con una manta a la intemperie durante varias semanas en distintas zonas de Cerro Muriano, hasta que poco a poco y a base de ímprobo esfuerzo construyen una casa de dimensiones muy reducidas, fabricada con materiales sencillos, en la que pueden cobijarse provisionalmente. 

Francisco Centeno Lucena (padre de Rafael Centeno Cobos) caminando en las proximidades de Cerro Muriano con un carro tirado por una mula a mediados de los años ochenta. Muestra en su mano izquierda una botella de aceite de oliva virgen de almazara de cosecha limitada, un auténtico manjar del que Córdoba era ya entonces uno de los más importantes referentes mundiales y cuya evolución diacrónica ha tenido como resultado el aove " Rincón de la Subbética " , que es hoy por hoy, ya en pleno siglo XXI, el mejor aceite de oliva virgen extra del mundo, variedad hojiblanca de ensueño generada por " Almazaras de la Subbética ", con ADN de la antigua cooperativa Virgen del Castillo. 

De este modo, transcurren dos años en los que Francisco Centeno Lucena trabaja en todo lo que puede para sacar adelante a su familia, en condiciones precarias e inmerso en necesidades de todo tipo, pero muy fuertemente impulsado por el amor a su mujer y sus hijos. 

Es un hombre de gran potencia y resistencia física, forjada a fuego durante décadas de duro trabajo en el campo, por lo que además de generar ingresos que permiten subsistir a la familia, consigue ahorrar algo de dinero con el que compra varios cerdos, ovejas y cabras.

Sea como fuere, la situación sigue siendo delicada prácticamente a todos los niveles excepto la unión familiar cuya esencia enlaza con la fusión termonuclear. 

Principios de los años ochenta. Francisco Centeno Lucena y María Cobos Escribano (padres de Rafael Centeno Cobos) posando delante de su casa en Cerro Muriano, algo más arriba del Bar de Jesule. 

En 1941, Francisco Centeno Lucena sigue obligado a trabajar entre catorce y diecisiete horas al día para poder obtener el sustento de su prole, y decide encargar a su hijo Rafael Centeno Cobos (que a la sazón tiene 9 años) que cuide de los cerdos, ovejas y cabras y desempeñe funciones de pastor. 


Ésta enorme responsabilidad a tan temprana edad hace que Rafael Centeno Cobos madure a marchas forzadas y pase directamente de niño a adulto, sin transición de adolescencia, trabajando a destajo, porque es plenamente consciente de que la leche producida por las ovejas y cabras (de muy alto valor nutricional) y la carne de los cerdos es fundamental para que la familia esté alimentada mientras su padre trabaja intensivamente en muchas cosas distintas. 

Transcurren los años y la familia va creciendo, por lo que además de Ani (la mayor) y Rafael, nacen Francisco, Pepe, Antonio y cuatro hermanas más. 

Los años cuarenta han sido durísimos en Cerro Muriano, la mayoría de sus habitantes viven todavía en chozos y la situación económica sigue siendo muy difícil, pero empiezan a ver algo de luz al final del túnel. 

Desde 1944 con 14 años Rafael Centeno Cobos se ha convertido en todo un baluarte familiar, trabajando en una pléyade de oficios distintos : como albañil, segando y sembrando de sol a sol, en la recolección de la aceituna, haciendo picón (ámbito en el que se convertirá en un referente), etc. 

Apenas ha podido ir a la escuela, y hacer el bachiller o ir a la universidad es algo que ni siquiera se plantea, por mor de los escasos recursos económicos disponibles. 

Pero Rafael Centeno Cobos es ya un guerrero de la vida, un hombre que posee unos valores que le han sido inculcados por sus padres desde que era muy niño y que sabe muy bien lo que quiere. 

Trabaja durante años desde mediados de los años cuarenta y principios de los cincuenta en todo lo que le sale en diferentes zonas entre Cerro Muriano y Córdoba capital, así como en áreas próximas a la Estación de Tren de Obejo, el Embalse del Guadalnuño, Cerro Peñoso, El Ronquillo Bajo, Los Llanos del Conde, etc, así como en algunos lugares de campiña de la provincia de Córdoba. 

                                                        Rafael Centeno Cobos durante su servicio militar en Algeciras (Cádiz) en 1953. 

Al cumplir los 21 años de edad, tiene que ir en 1953 a hacer el servicio militar de catorce meses a Algeciras (Cádiz) en artillería de costa. 

HERMINIA LÓPEZ ROMERO, EL AMOR DE SU VIDA

              Fotografía pintada en 1955, en la que aparecen Rafael Centeno Cobos y Herminia López Romero cuando llevaban un año de novios. 

A mediados de 1954, Rafael Centeno Cobos, que tiene 22 años, conoce a Herminia López Romero, la mujer de su vida, que tiene 17 y con la que mantendrá un noviazgo de cinco años hasta casarse con ella el 11 de octubre de 1959.

Hasta ahora, la biografía de Rafael Centeno Cobos ha sido ante todo y para todo una muy dura lucha por la supervivencia, de tal manera que no ha tenido vacaciones ni un sólo día de su vida. 

Una existencia marcada por la necesidad y el trabajo hasta la extenuación, sin margen ni tiempo para ocio alguno. 

                           Herminia López Romero en 1957, dos años antes de casarse. Espectacular belleza natural sin maquillaje alguno. 

Pero la llegada de Herminia López Romero supone a efectos prácticos el más importante acontecimiento en la existencia de Rafael López Cobos y se convertirá en su principal razón de ser hasta su fallecimiento en 2017.             

Herminia López Romero, profundamente enamorada de él, le apoya sin reservas en todo instante, se convierte en su principal sostén en los momentos difíciles y hace que la vida de Rafael adquiera pleno sentido, lo cual se traduce en un descomunal factor motivacional para él. 

                              Otra imagen definitoria de Herminia López Romero en 1953, un año antes de conocer a Rafael Centeno Cobos. 

Esta mujer andaluza de bellísimos ojos azules, muy guerrera y luchadora, nacida en Torrecampo (Córdoba) el 8 de septiembre de 1936, que fue bautizada en Madrid, y vivió en Los Llanos del Conde antes de instalarse en Cerro Muriano tras su boda, se esfuerza al máximo por hacer feliz a Rafael Centeno Cobos, y lo consigue totalmente. 

De este modo, tras cinco años de noviazgo, Rafael Centeno Cobos y Herminia López Romero se casan en la iglesia de Cerro Muriano el 11 de octubre de 1959, 

11 de octubre de 1959. Entrada norte de Cerro Muriano, a muy pocos metros del Bar Casinito : Herminia López Romero (que residía en Los Llanos del Conde antes de casarse), acompañada por un nutrido grupo de familiares (su hermana, su abuela, Adela Blanque Corral y otros), es llevada del brazo por su tío Marcelino mientras se dirige a la Iglesia de Cerro Muriano para su boda con Rafael Centeno Cobos, que aguarda impaciente su llegada. 

Instante en el que Rafael Centeno Cobos pone el anillo de casada a su esposa Herminia López Romero. La intensidad emocional del momento es tal, que la novia se estremece y cierra los ojos. 

                        Fotografía de estudio de Rafael Centeno Cobos y Herminia López Centeno el 11 de octubre de 1959, día de su boda. 

Mesa de los novios durante el banquete nupcial celebrado en el Bar Restaurante Cinema de Cerro Muriano (Córdoba) el 11 de octubre de 1959. De izquierda a drecha : Asunción (abuela de Herminia López Romero), Herminia López Romero, Rafael Centeno Cobos, María Cobos Escribano (madre de Rafael Centeno), Ani (hermana mayor de Rafael Centeno) y Francisco Centeno Lucena (abuelo de Rafael Centeno). 

Cerro Muriano (Córdoba). Reunión familiar en 1962. De izquierda a derecha : el tío Paco, el tío Pepe, su mujer Carmen, María Cobos Escribano, Francisco Centeno Lucena, la chica joven que sostiene la cuchara es la tía Loli, detrás está Pedro (marido de la tía Loli), la que está en el centro con los brazos cruzados es la tía María, Herminia López Romero con un jovencísimo Rafael Centeno López, Rafael Centeno Cobos, la tía Paquita y su marido Antonio. 

y tienen su primer hijo, Rafael Centeno López en 1961. 


Cuatro años después, en 1965, Rafael Centeno Cobos viaja como emigrante a Holanda, trabajando en la ciudad de Zaandam cargando bidones de aceite de 200 litros en barcos de mediano tamaño. 

Rafael Centeno Cobos en 1965 dentro de una vivienda de reducido tamaño en Zaandam (Holanda) con varios emigrantes españoles y la hija pequeña de uno de ellos. 

Pese a sus pequeñas dimensiones, Holanda es en esos momentos uno de los países más avanzados del mundo, con una tecnología estado del arte en muchas esferas como la aviación (KLM), los televisores y radios Phillips, las máquinas de afeitar (Phillishave), las ópticas fotográficas (De Oude Delft), la industria naviera (NDSM) y una fortísima economía en expansión internacional, por lo que los sueldos mensuales de cualquier trabajador son muchísimo más altos que en la España de la época. 

Incluso, Antonio Centeno Cobos (hermano de Rafael) también viaja a Holanda para trabajar allí, se integra plenamente, forma una familia y vivirá allí el resto de su vida hasta hoy en día. 

Otra imagen de Rafael Centeno Cobos en 1965 con dos emigrantes españoles en Zaandam, pequeña ciudad holandesa al noroeste de Amsterdam. 

A pesar de los inconvenientes inherentes a la dificultad del idioma holandés y estar en un país con cultura, costumbres y alimentación muy distinta a las de España, Rafael Centeno Cobos logra adaptarse a su nuevo trabajo portuario en la ciudad de Zaandam, al noroeste de Amsterdam, y comienza a ganar abundante dinero. 


Una imagen más de Rafael Centeno Cobos durante su estancia de cuatro meses y medio en Zaandam (Holanda) en 1965, relajándose con dos compañeros de trabajo durante un fin de semana. 

Pero echa de menos a su familia y a Andalucía, la tierra que le vió nacer y a la que siempre ha amado con todo su ser. 

Sigue trabajando en Holanda, se entrega al máximo y sus jefes holandeses le tienen en gran estima, ofreciéndole continuidad y progresivos aumentos de salario, pero añora sobremanera su pueblo y sus gentes, por lo que tras cuatro meses y medio, decide volver a Cerro Muriano en 1966, porque su hija María Ángeles Centeno López ha nacido mientras estaba en el extranjero, y empieza a trabajar en la Cantera del Ocho, entre dicha localidad y Córdoba capital, en un tramo de la antigua carretera N-432a. 

1959-1979, DOS DÉCADAS DE FELICIDAD 

Así pues, fruto del amor amor sincero y apasionado entre Rafael Centeno Cobos y Herminia López Romero nacen tres hijos : Rafael Centeno López (1961), María Ángeles Centeno López (1966) y Herminia Centeno López (1978). 

Durante los años sesenta y setenta, Rafael Centeno Cobos es muy feliz, arropado con inefable cariño por su esposa Herminia y sus hijos Rafael Centeno López y María Ángeles Centeno López, por los que siente auténtico fervor. 

Año 1960. Cerro Muriano (Córdoba). Fotografía hecha en el chalet de San Antonio, cerca del Pozo de San Rafael, y que es hoy en día El Rocío. 

Ambos se profesan un enorme cariño y trabajan como caseros durante catorce años, desde principios de los años sesenta hasta mediados de los setenta en un chalet que había cerca del Pozo de San Rafael, 

Año 1969. Cerro Muriano. De izquierda a derecha: Herminia López Romero, Francisco Centeno Cobos, Francisco Centeno Lucena y Rafael Centeno Cobos jugando con su hija pequeña María Ángeles Centeno López con tres años de edad.  

Año 1970. Cerro Muriano. De izquierda a derecha : Herminia López Romero, Rafael Centeno Cobos, el tío Antoñín, Manolín ( hijo de Antoñín y hermano de Adela Romero Blanque ), Adela Blanque Corral, Anita (cuñada de Adela Blanque Corral) y Pedro Blanque Corral. Las niñas visibles al fondo son Adela Romero Blanque y María Ángeles Centeno López. 

Boda de María y Manolo el Califa en Cerro Muriano en 1959. En la zona superior izquierda de la imagen puede apreciarse a Rafael Centeno Cobos y Herminia López Romero. 

Cerro Muriano (Córdoba). 1972. De izquierda a derecha : el tío Antoñín (marido de Adela Blanque Corral),  Rafael Centeno Cobos, Adela Romero Blanque, María Ángeles Centeno López, Rafael Centeno López y Antonio Romero Blanque (hermano de Adela Romero Blanque). 

Rafael Centeno Cobos en 1969 a los mandos de su moto ISO dos tiempos de 125 cc en el interior del CIR 4 cerca de la Estación de Tren de Obejo, donde trabajó como albañil durante varios años. Puede apreciarse al fondo a la izquierda a dos soldados de reemplazo. En aquella época, Rafael Centeno Cobos solía recoger a su esposa Herminia López Romero y a sus hijos Rafael Centeno López y María Ángeles Centeno López en Cerro Muriano y les llevaba montados en esta moto hasta la zona de Los Llanos del Conde, en la que la familia tenía una pequeña cantina donde vendían todo tipo de productos a los reclutas del mencionado campamento militar. 

además de montar una pequeña cantina en los Llanos del Conde 

Principios de los años setenta: puesto de venta de artículos en la calle Vereda (Llanos del Conde). Rafael Centeno Cobos aparece acompañado por el fotógrafo Rafael Calero, gran amigo de la familia. 

donde vendían todo tipo de productos a los reclutas que hacían la mili en los CIR 4 y 5. 

Sigue trabajando en muchas cosas distintas, de modo arduo, pero con nuevos y muy reforzados bríos catalizados por su mujer Herminia López Romero 

Fotografía hecha en Cerro Muriano en 1968 en una mesa al lado del chalet San Antonio cerca del Pozo de San Rafael. De izquierda a derecha : Rafael Centeno López, María Ángeles Centeno López, la tía Carmen, Herminia López Romero y una de las hermanas de Rafael Centeno Cobos.  

Foto hecha en Doñana en 1971. De izquierda a derecha : el barquero D. Cristóbal, Rafael Centeno López, María Ángeles Centeno López, María José (prima de María Ángeles), Herminia López Romero, Rafael Centeno Cobos y Francisco Centeno Cobos (guardia civil, hermano de Rafael) con su hija Carmen. 

Foto hecha en Doñana en 1971. De izquierda a derecha : Chelo, Pepe, María Ángeles Centeno López, Rafael Centeno López, Herminia López Romero y Rafael Centeno Cobos. 

y la familia que ha creado, a la que se incorpora 


Rafael Centeno López (vestido con uniforme de recluta, ya que en esos momentos estaba haciendo la mili en el CIR 4 cerca de la Estación de Obejo) sujeta entre sus manos a su hermana pequeña Herminia Centeno López en 1978 con tan sólo cinco meses de edad, en el patio de la casa de la familia Centeno López en la calle Acera del Cuartel Viejo nº 8 en Cerro Muriano (Córdoba).  

Antonio Centeno Cobos sujeta con su brazo derecho a su hija de un año y medio Herminia Centeno López en 1979 en la puerta del patio de su casa en Cerro Muriano. 

Herminia Centeno López, su hija más pequeña, que nace en 1978 y se convierte en la princesa de la casa, cuidada con mimo por todos, que la quieren con locura. 

UNO DE LOS ÚLTIMOS PICONEROS DE CERRO MURIANO  


Durante los años ochenta, Rafael Centeno Cobos sigue fabricando artesanalmente el picón, mediante un durísimo trabajo enteramente manual que lleva realizando desde su infancia, cuando lo aprendió de su padre Francisco Centeno Lucena a finales de los años treinta, en una época en la que al no existir electricidad para la calefacción en muchas casas, se usaban los maravillosos braseros de picón para calentarlas, por lo que tiene una experiencia de aproximadamente cuarenta años en este carbón vegetal de élite del que es un profesional muy reconocido. 

Domina a la perfección todas sus fases de elaboración, desde la quema de ramas de encina al aire libre y el ir removiéndolas para que ardan uniformemente, hasta el apagado de las mismas antes de que se consuman del todo. 

Retrato en blanco y negro de Rafael Centeno Cobos en 1980, época en la que todavía hacía un picón de excepcional calidad, tal y como le enseñó su padre Francisco Centeno Lucena durante la década de los cuarenta. 

Rafael Centeno Cobos ha alcanzado tal nivel en la fabricación artesanal del picón que casi lo ha elevado a la categoría de ciencia, gracias a su gran pericia y paciencia. 

Su piedra filosofal es un picón bien hecho que desprende calor y no humo, con una madera bien cocida, lo apaga poco a poco con agua, con criterio, removiendo las ascuas con palas y evitando así su combustión total, dejándolo enfriar a continuación. 

Muchos días transporta dicho picón en carro desde Cerro Muriano hasta la calle La Rosa en Córdoba capital donde lo vende a buen precio, ya que este producto de élite es muy apreciado para calentar braseros (con un nivel de confort, sentimiento de abrigo y poder calorífico que no ha sido superado hasta la fecha). 

Además, mientras crecen, Rafael Centeno López y María Ángeles Centeno López ayudan a su padre en la elaboración del picón, arduo trabajo con distintas fases de elaboración que hay que dominar con precisión, y en el que Rafael Centeno Cobos es un consumado maestro que se aferra con uñas y dientes a la tradición, porque Andalucía es su biotopo y lo seguirá siendo después de su óbito. 

1980-1990, AL BORDE DE LA TRAGEDIA

Tras dos décadas de felicidad entre 1959 y 1979 con el nacimiento de sus hijos Rafael Centeno López y María Ángeles Centeno López, culminados con la llegada de Herminia López Centeno en 1978, todo cambia desde 1979 cuando la pequeña Herminia, a la que todos conceptúan como un ángel, comienza a tener graves problemas de salud.

Se suceden las visitas al hospital y los médicos son unánimes : Herminia López Centeno, que tiene tan sólo 17 años de edad, padece insuficiencia coronaria, puede morir en cualquier momento y precisa ser operada a corazón abierto.

Ésto supone un enorme mazazo anímico para toda la familia, que se vuelca con la pequeña Herminia, hacen piña termonuclear y se turnan en las visitas a los hospitales para apoyarla con su presencia mientras está convaleciente. 

La angustia y miedo a perder a Herminia Centeno López son por momentos insoportables entre los miembros de la familia Centeno López. 

Todos ellos han sido ya informados de que incluso si la pequeña Herminia consigue salvarse, su estado de salud va a seguir siendo probablemente muy delicado durante el resto de su vida. 

Pero la familia Centeno López no se rinde, pese a que están desesperados y con una gran impotencia ante los informes médicos. 

No obstante, la operación es un éxito, y tras muchas horas en el quirófano, Herminia Centeno López consigue salvar su vida. 

Pero los problemas de salud de la pequeña Herminia no terminan en absoluto. Su insuficiencia cardíaca es de nacimiento, congénita y para toda la vida, por lo que 

Día de la boda de Rafael Centeno López en Cerro Muriano (Córdoba). De izquierda a derecha, posando en su casa familiar en la calle Acera del Cuartel Viejo, nº 8 : María Ángeles Centeno López, Rafael Centeno López agarrando con cariño por los hombros a su hermana pequeña Herminia Centeno López, Herminia López Romero y Rafael Centeno Cobos. 

aunque va creciendo apoyada al máximo por sus padres, hermanos y resto de su familia, se siente cada vez peor con el paso de los años, hasta que tiene que ser operada de nuevo a corazón abierto en 1984, con 6 años de edad. 

Una vez más, la operación tras muchas horas en quirófano logra salvar a Herminia López Centeno, pero con el transcurrir de los meses, la pequeña de la familia sigue sintiéndose mal.

Así transcurren cinco años en los que Herminia sufre muchísimo, en medio de la desazón generalizada de sus padres y hermanos, 

Cerro Muriano. Navidad en casa de la tía María en 1984. Aparecen en imagen María Ángeles Centeno López, Rafael Centeno Cobos, Carmen Centeno Cobos, a la izquierda del todo está Manuel, el mítico califa (cuñado de Rafael Centeno Cobos), Herminia López Romero (sentada en una silla, de espaldas a la cámara), a la izquierda del todo abajo está Carmen (tía de María Ángeles Centeno López), el señor que está dando palmas es Pepe (tío de María Ángeles y marido de la tía Carmen), la niña pequeña rubia que está mirando a la cámara es Herminia Centeno López, la chica con vestido verde es María Araceli (hija de la tía Mari y prima de María Ángeles y Herminia Centeno López), y la chica con vestido rojo que está al lado es Inés (hija de la tía Carmen y prima de las hermanas Centeno López), Paco (hijo de la tía Mari), y al fondo, encima de la cabeza de María Ángeles Centeno López, se aprecia una fotografía de José Ángel (primo de María Ángeles y Herminia Centeno López). 

Foto hecha en 1988 junto a la iglesia de Cerro Muriano. Primera Comunión de Herminia Centeno López, que aparece rodeada por su madre Herminia López Romero y su padre Rafael Centeno Cobos. Años más tarde, el gran profesional de la peluquería con prodigiosas manos Antonio Martín (hermano de Auxi y el mejor amigo de Herminia López Centeno) la maquillaría y peinaría el día de su boda, además de ir con ella y María Ángeles a elegir el vestido de novia.

que la cuidan literalmente entre algodones, 

Interior del restaurante Oasis de Córdoba en 1984. Celebración de la boda de Mari Carmen Centeno Gilarte (hija del tío Pepe) con Fran. Al fondo de la imagen aparecen de izquierda a derecha : María Ángeles Centeno López, Fran, Mari Carmen Centeno Gilarte y Manolo Marín Plazuelo (cuñado de Herminia Centeno López), mientras que rodeando la mesa, de izquierda a derecha, están : Rafael Centeno Cobos, Herminia López Romero, Herminia Centeno López, Manuel Marín (suegro de María Ángeles Centeno López), el Califa Manuel Carrasco, María Centeno Cobos y José Luis Marín Plazuelo (hermano del cuñado de Herminia Centeno López). 

ya que tienen miedo de perderla en cualquier momento e intentan vivir con ella cada segundo con máxima intensidad y cariño. 

Las visitas al cardiólogo en Córdoba capital por parte de Herminia son una constante, hasta el punto de que Rafael Centeno Cobos 

En esta imagen aparece el coche que fue comprado para poder llevar al médico a Herminia López Centeno, muy enferma del corazón. Rafael Centeno Cobos asoma por la ventana delantera izquierda del vehículo, mientras que el hombre que está enmarcado por la ventana trasera es Alejandro, hijo de la mítica Silveria Corral Loaisa. 

decide comprar un Renault 6 para llevar a su hija pequeña al hospital con la mayor rapidez y confort posible.  

El 31 de octubre de 1990, los médicos deciden operar a  Herminia, que tiene en esos momentos 11 años de edad, a corazón abierto por tercera vez en su vida. 

Y una vez más, Herminia Centeno López, tras interminables horas de quirófano en las que sus padres y hermanos lloran a mares durante una angustiosa espera, consigue sobrevivir, algo que es celebrado con enorme júbilo por toda la familia Centeno Cobos. 

Pero los médicos informan a Rafael Centeno Cobos y Herminia López Romero de que definitivamente su hija pequeña va a seguir teniendo insuficiencia cardíaca grave durante toda su vida, aunque por primera vez comienza a verse la luz, ya que afirman que con el tratamiento adecuado, revisiones periódicas y una serie de medicamentos, existe una alta probabilidad de que pueda realizar una vida normal, aunque tendrá que seguir visitando a cardiólogos con frecuencia durante toda su existencia. 

Herminia Centeno López ha sufrido ya tres operaciones de corazón a vida o muerte. 

Fuengirola (Málaga), 1988. Primera vez que Herminia Centeno López, con mucho ánimo y alborozada a pesar de su grave dolencia cardíaca, vió el mar antes de ser operada por última vez. Sus padres Rafael Centeno Cobos y Herminia López Romero se muestran sonrientes y arropan todo lo posible a su hija pequeña, que logrará sobrevivir rodeada en todo momento por el cariño de su familia. 

Es demasiado, por lo que sus padres y hermanos deciden dedicar su vida en gran medida a cuidar a la pequeña Herminia y tomar decisiones trascendentales : 

- Rafael Centeno Cobos seguirá trabajando en muchas cosas distintas y acudiendo a diario durante años al hospital para apoyar a su hija pequeña, durmiendo como puede en los pasillos próximos, sobre sillas y sillones, ya que en aquella época no estaba permitido que los familiares acompañaran a los pacientes dentro de las habitaciones.

- Herminia López Romero hará lo mismo, apoyando a muerte a su hija en todo instante, estando con ella a diario en el hospital todas las horas que pueda, trabajando a la vez y durmiendo durante años muy pocas horas al día. 

- María Ángeles Centeno López, que siempre fue una persona con gran sensibilidad, hace lo propio : se dedica en cuerpo y alma a su hermana Herminia, la acompaña también constantemente al hospital  y experimenta una idéntica desazón a la de sus familiares más allegados, en medio de un enorme sufrimiento, pero a la vez haciendo acopio de coraje y apoyando con toda su alma a su hermana pequeña. 

- Rafael Centeno López, el único hijo varón de Rafael Centeno Cobos y Herminia López Romero, decide volcarse también en el cuidado de su hermana pequeña Herminia e ir a verla constantemente al hospital y dormir muchas noches en los pasillos, cerca de ella, turnándose con sus padres y hermana mayor, y opta por abandonar su prometedora carrera en el ámbito de las artes marciales para ayudar todo lo posible a su hermana Herminia y poder tener el máximo tiempo posible para ella, a la vez se esmera por sacar adelante a sus hijos Rafael y Adán.   

Algo especialmente significativo, ya que desde los 14 años de edad, Rafael Centeno López se había convertido en un gran apasionado de las artes marciales, con formación inicialmente autodidacta, pero sus grandes cualidades atléticas y de resistencia a la fatiga (fue también un más que notable atleta en pruebas de medio fondo y larga distancia a nivel nacional, donde consiguió muy buenas marcas) así como una enorme progresión, entrenamientos de cinco horas diarias y abundantes victorias en muchos campeonatos locales de kárate y kung fu en la provincia de Córdoba, habían hecho que Joaquín Sánchez Centeno (primo hermano de Rafael Centeno Cobos, que aprendió taekwondo en Holanda y  montó en Córdoba a principios de los años setenta el primer gimnasio de kárate koreano, donde daba clases a miembros de la policía nacional y policía urbana, recibiendo el premio europeo de la cultura y el deporte que le fue otorgado en Roma en 1975) se fijara en él, elaborando un plan para su consolidación en los primeros puestos del ránking nacional e intentar a continuación participar con éxito en competiciones internacionales. 

1990-2016 : AÑOS DE RENOVADA ILUSIÓN Y AUMENTO DE LA FAMILIA

Aun estando plenamente inmersos en cuidar a la pequeña Herminia, 

Fotografía de 1990 en la que Herminia Centeno Cobos sujeta entre sus brazos a Adán ( hijo de Rafael Centeno López), mientras Rafael Centeno Cobos sostiene a María Ángeles ( hija de María Ángeles Centeno López) el 6 de octubre de 1990, día del bautizo de ambos en Cerro Muriano (Córdoba). Delante de Herminia está Rafael (hijo mayor de Rafael Centeno López). 

la familia Centeno López retoma en 1990 la felicidad con la llegada al mundo de Adán (nacido el 24 de junio de 1990 y segundo hijo de Rafael Centeno López) y María Ángeles (nacida el 4 de agosto de 1990 y primera hija de María Ángeles Centeno López), que vienen a sumarse a Rafael (primer hijo de Rafael Centeno López, que había nacido pocos años antes). 

Algo muy reforzado anímicamente por el hecho de que año tras año, aunque tiene que seguir yendo con frecuencia al cardiólogo, recibir tratamiento médico específico para su insuficiencia coronaria crónica y tomar varios medicamentos al día, Herminia López Centeno está viviendo con notable normalidad a pesar de las circunstancias, no ha tenido que ser operada más veces y sobre todo, tiene un gran deseo de vivir. 

 Antonio Centeno Cobos y su mujer Herminia López Centeno en Los Llanos del Conde, aproximadamente a 1 km de Cerro Muriano, en 1985, el día de la boda de su hijo Rafael Centeno López.  

Rafael Centeno Cobos y su mujer Herminia López Centeno son felices porque su pequeña hija Herminia está consiguiendo sobrevivir, y además, sus hijos Rafael y María Ángeles les han dado nietos, con lo que no sólo han visto crecer a sus vástagos, sino que también van a contemplar como evolucionan sus más recientes descendientes. 

Con el paso de los años, la cohesión que siempre caracterizó a esta familia muy querida en Cerro Muriano se incrementa notablemente con la plena integración de Rafael y Adán (hijos de Rafael Centeno López) 

María Ángeles Marín Centeno (hija de María Ángeles Centeno López) con su abuelo Rafael Centeno Cobos durante la comunión de la niña Pilar Caro Talayero (a la que cuidaba Herminia Centeno López) en el Hotel Occidental de Córdoba en 2013. 

y María Ángeles Marín Centeno (hija de María Ángeles Centeno López), ya adultos, y cuya presencia produce una gran dicha en Rafael Centeno Cobos y Herminia López Romero. 

Es decir, a base de mucho esfuerzo y sacrificio, han podido todos salir adelante, y a principios de la segunda década del siglo XXI la familia está alcanzando su máximo esplendor. 

Año 2002. Foto hecha delante del Hogar del Pensionista en Cerro Muriano (Córdoba). A la izquierda del todo está Varillas (su madre María Rodríguez es una gran cocinera, y su marido, hermano de Helena, mujer de Cabanillas, era muy amigo de Herminia López Romero), el que lleva el jersey verde es Juan Pedrajas, el que está detrás de Juan Pedrajas es José Ángel (primo de Herminia Centeno López), el de rojo es Pedro Celorrio, el que está con las gafas de sol y la boina es Rafael Centeno Cobos, el del bigote blanco es Antonio Cabanillas (marido de Helena e hijo del mítico Antonio Martín Cabanillas), el que está detrás con gafas es Bartolomé Flores, el Chiquete (sobrino de Bartolo), el que está con la boina blanca a la derecha del todo es Fernando Blanque Corral (hijo de Silveria Corral Loaisa), el que está con pantalón de camuflaje es Manolo Sánchez (su sobrina era Beatriz Sánchez), el que está de azul con las gafas es Vicente García (cuya hija Inés María García Expósito es la mejor amiga de Herminia Centeno López), el que está agachado en el centro es Manuel Romero (primo de Herminia López Romero), el señor que está en una silla de ruedas es Pepe, que era guardia civil, y el último a la derecha es Manuel Moreno " El Guancho " . 

Incluso, Rafael Centeno Cobos ha podido tener algo de tiempo para ocio y compartir vivencias con sus muchísimos amigos en Cerro Muriano. 

Pero una vez más, el drama está a punto de asolarles. 

2017, FALLECIMIENTO DE HERMINIA LÓPEZ ROMERO, SEGUNDO MOMENTO DE INFLEXIÓN FAMILIAR 

                                                                         Herminia López Romero y Rafael Centeno Cobos en Tenerife. 

A finales de la primera década del siglo XXI, Herminia López Romero comienza a sentirse mal, situación que empeora rápidamente, semana tras semana.

Acude al médico y le detectan un cáncer que terminará con su vida, no sin antes luchar con todas sus fuerzas durante muchos años, con admirable temple y coraje. 

Tras más de treinta años cuidando a la pequeña Herminia Centeno López desde su primera operación a corazón abierto en 1979, ahora llega el turno de ayudar todo lo posible y expresar cariño a Herminia López Romero, una mujer infatigable y luchadora a más no poder.

Toda la familia se vuelca con ella y la atienden con máximo amor, segundo a segundo, durante años. 

Se viven de nuevo momentos de enorme intensidad emocional y stress en el seno de la familia Centeno López, que una vez más está plenamente a la altura de la situación. 

Rafael Centeno Cobos sufre de modo indecible, porque Herminia López Romero ha sido durante medio siglo la mujer de su vida y su faro vital, además de la madre de sus hijos. 

                                                             Rafael Centeno Cobos y Herminia López Romero en Fuengirola (Málaga). 

No tiene consuelo posible, pero hace de tripas corazón e intenta hacer feliz a su esposa Herminia de todas las maneras imaginables, incluyendo la realización de varios viajes a destinos costeros, ya que a Herminia López Romero le encantaba el mar, un sentimiento que se había potenciado enormemente desde 1988, cuando ella y su marido llevaron a Fuengirola (Málaga) a su hija pequeña Herminia para que viera el mar por primera vez, temerosos de que pudiera morir en pocos meses. 

La vida de Herminia López Romero se va apagando poco a poco, sufre dolores y pugna sin cuartel por no exteriorizarlo. 

Es una mujer de raza, todo corazón, que lo ha dado todo por su familia, hasta su último átomo de energía, y no quiere que la vean desanimada. 

Lucha hasta el último instante y expira en 2017. 

La muerte de Herminia López Romero sume a todos los miembros de la familia en una profunda depresión que les deja prácticamente inertes. 

Todos ellos son un mar de lágrimas, porque Herminia López Romero siempre fue ante todo y para todo el epicentro familiar y el más importante motor impulsor durante tantos años de esfuerzo para salir adelante. 

Por primera vez en su historia, la familia Centeno López está cerca de la derrota. Tal es el nivel de tristeza que les invade a todos, 


especialmente a Rafael Centeno Cobos, que se siente morir. 

Y es en este momento cuando ocurre algo increíble y totalmente inesperado : Herminia Centeno López, la hija pequeña de Rafael y Herminia, que ha sido cuidada a raudales por sus padres y hermanos desde 1979 hasta esos momentos como consecuencia de sus problemas de corazón que a punto estuvieron de costarle la vida, al ver que al igual que ella su padre Rafael Centeno Cobos, su hermano Rafael Centeno López y su hermana María Ángeles Centeno López están destrozados, decide tomar las riendas de la familia y les pide que descansen y se tranquilicen, que a partir de esos instantes ella se encarga de todo : sepelio, papeleos y muchas más cosas. 

De modo insólito, la pequeña Herminia, que tiene a la sazón 39 años, consigue poco a poco recuperar anímicamente a su padre y hermanos, siguiendo al timón de la nave durante los meses y años posteriores al fallecimiento de Herminia López Romero. 

2014-2021, NACIMIENTO DE LOS BIZNIETOS Y ESTABILIDAD FAMILIAR 

Obviamente, la muerte de Herminia López Romero dejó un vacío imposible de llenar, así como un recuerdo imborrable en la familia Centeno López, pero la encomiable labor de Herminia Centeno López luchando diariamente a brazo partido para insuflar ánimo a su padre y hermanos da sus frutos, la vida sigue y comienza a gestarse una nueva estabilidad emocional, que alcanzará su clímax con el progresivo nacimiento de los biznietos del matrimonio Rafael Centeno Cobos / Herminia López Romero : Mari Carmen, Leo, los mellizos Manuel Bustos Marín y Carmen Bustos Marín (hijos de María Ángeles Marín Centeno y Juan Manuel Bustos Marín) y el recién llegado Ares (hijo de Adán Centeno, nacido en octubre de 2021). 

Entrañable foto familiar de 2020 en la que aparecen de izquierda a derecha : Juan Manuel Bustos Marín (marido de María Ángeles Marín Centeno), Lucas Sánchez Ortiz (marido de Herminia Centeno López), Rafael Centeno López, María Ángeles Marín Centeno (que sostiene entre sus brazos a su hija Carmen Bustos Marín), Manuel Marín Plazuelo (marido de María Ángeles Centeno López y padre de María Ángeles Marín Centeno) y Rafael Centeno Cobos sujetando a su biznieto Manuel (hijo de María Ángeles y Juanma). 

Y por si todo ello fuera poco, Rafael Centeno Cobos recibe en 2020 otra gran noticia : la válvula pulmonar que le han instalado a su hija pequeña Herminia López Centeno (que sigue en tratamiento por su enfermedad congénita del corazón, cuya insuficiencia de la válvula tricúspide le ha afectado al hígado, además de tomar varios medicamentos diariamente y haber sido sometida a ocho cateterismos durante su vida, unido a  las tres operaciones a corazón abierto anteriormente mencionadas) el 25 de junio de dicho año, funciona de maravilla y Herminia se siente mucho mejor. 

UN VALIOSO LEGADO EXISTENCIAL 


Rafael Centeno Cobos se considera simplemente un habitante más de Cerro Muriano, pequeño pueblo de la sierra norte cordobesa que de modo asombroso ha generado durante su historia una ingente cantidad de personajes interesantes a más no poder y cuyo talento surgió principalmente de la necesidad. 


Se puede aprender muchísimo escuchando a este hombre a punto de cumplir los 90 años, que plenamente consciente de que se halla en la etapa final de su vida, 

                                            Fotografía de estudio de Rafael Centen Cobos realizada en 1952, cuando tenía 20 años de edad. 

ha querido relatar los aspectos y acontecimientos más importantes de su existencia, que constituyen sin duda un legado atemporal de saber sufrir, saber estar, profundo amor por la familia, respeto a unos valores, solidaridad con los demás, entereza ante la adversidad y muchas más cosas, todo ello aderezado por su gran pasión por España y por Andalucía, la tierra que le vió nacer, en la que murió su mujer Herminia López Centeno, donde habitan sus hijos, nietos y viznietos y en la que desea vivir todos los años posibles hasta el epílogo de sus días. 


Gracias, Maestro.
 

jueves, 30 de septiembre de 2021

ANTONIO MARTÍN CABANILLAS (1911-2010) : UN PERSONAJE ICÓNICO EN LA HISTORIA DE CERRO MURIANO (CÓRDOBA)

Texto y Fotos en Color 2008 y 2021 : José Manuel Serrano Esparza 


Entre 1944 y 2010, Antonio Martín Cabanillas se convirtió por méritos propios en una de las figuras más destacadas del devenir diacrónico de Cerro Muriano (Córdoba), gracias a su termonuclear sentido del humor, su inefable capacidad para hacer reir en todo momento a las personas que le rodeaban, su enorme cariño tanto por sus familares más allegados como por sus amigos, su amor por los niños y una insólita además de ecléctica capacidad para trabajar en los oficios más diversos. 

Fue sin ningún género de dudas una de esas personas que marcan época, querido por todo el mundo y cuyo imborrable recuerdo sigue todavía muy presente entre los habitantes de Cerro Muriano, once años después de su muerte. 

GÉNESIS DE UN MITO 

Antonio Martín Cabanillas nació el 10 de enero de 1911 en Belalcázar (Córdoba) en el seno de una familia muy humilde, hasta el punto de que debido a las extremas dificultades económicas y pobreza generalizada de la época, especialmente en las zonas rurales, sus padres Juan y Ángeles no pudieron pagarle ni siquiera estudios primarios, por lo que toda su vida no supo leer ni escribir.

Pese a ello, desde su más temprana infancia, Antonio Martín Cabanillas fue muy especial : un ser humano repleto de cariño y afecto, tremendamente gracioso y ocurrente, muy inteligente, dotado con una gran intuición e imbuido de una constante curiosidad por aprender, pese a que no podía ir a la escuela. 

Una persona muy sociable, capaz de relacionarse y establecer química en pocos segundos con cualquiera que iniciara una conversación con él.

Nunca pasaba desapercibido y la gente deseaba estar junto a él : tal era su duende, gracia y carisma. 

1921-1936, TIEMPOS DIFÍCILES 

A partir de principios de los años veinte, la vida de Antonio Martín Cabanillas experimenta una profunda transformación, con el abrupto fin de la infancia, la práctica ausencia de adolescencia y una vertiginosa transición a adulto, ya que desde los 10 años tiene que trabajar en el campo como jornalero y esquilador de ovejas para poder ayudar económicamente a sus padres, dedicados también a las duras faenas agrícolas de la época, trabajando de sol a sol. 

Es una época de mucho sufrimiento y lucha por la supervivencia, en la que Antonio Martín Cabanillas recibe una trascendental ayuda por parte de su abuelo, que le quiere con locura y le enseña las nociones básicas del oficio de zapatero, que el niño adulto a la fuerza perfeccionará de modo autodidacta durante las décadas siguientes, hasta alcanzar un gran nivel profesional. 

La necesidad hace que Antonio Martín Cabanillas tenga que trabajar en lo que va saliendo, por lo que se ve obligado a alternar sus labores como jornalero y esquilador de ganado ovino con la albañilería, así como con la recolección de la aceituna y el algodón. 

Pero a principios de 1926, con tan sólo 15 años de edad, una leva forzosa hace que Antonio Martín Cabanillas tenga que ir a luchar a la Guerra Del Rif (Marruecos), una experiencia traumática durante la cual entrará varias veces en combate, consiguiendo sobrevivir y regresando a Belalcázar (Córdoba) en abril de 1927. 

La vida tras el regreso sigue sin ser fácil en absoluto para Antonio Martín Cabanillas, ya que la situación económica ha empeorado todavía más, los trabajos escasean y los salarios son de mera subsistencia, por lo que a sus dieciséis años de edad ha de trabajar en muchas cosas distintas para sobrevivir, además de cazar en el campo para obtener comida, porque todo escasea. 

Con mucho tesón y esfuerzo va mejorando progresivamente sus conocimientos y experiencia como albañil, labor a la que dedica la mayoría de su tiempo durante finales de los años veinte y primera mitad de los años treinta, aunque le es imposible especializarse, porque la precariedad laboral en aquellos momentos hace que tenga que seguir trabajando en una pléyade de cosas distintas. 

No obstante, Antonio Martín Cabanillas lleva ya a sus espaldas un bagaje vital que le ha hecho ganar mucha experiencia, ha incrementado su precisión a la hora de tomar decisiones acertadas y ha potenciado notablemente su cohesión familiar con sus hermanos Eliseo, Justo y Angelita, por lo que comienza a ver la luz a través del túnel. 

Pero otra guerra va a trastocar de nuevo sus planes. 



MORA DE EBRO Y GANDESA, 25 DE JULIO DE 1938, MOMENTO DE INFLEXIÓN VITAL 

Como consecuencia de otra leva forzosa (mediante la cual los combatientes luchaban mayormente en el bando que les había tocado según la zona en que vivieran al estallar la contienda), Antonio Martín Cabanillas se ve inmerso en la Guerra Civil Española desde pocos meses después de su inicio en Julio de 1936, luchando como soldado republicano. 

Una vez más, como ya le sucediera durante la Guerra del Rif, Antonio Martín Cabanillas, se ve obligado a participar en otra guerra que no desea y que nada tiene que ver con su mundo. 

Son casi tres años en los que ha de luchar por su vida en primera línea de fuego, enfrentándose con frecuencia a militares profesionales mucho más expertos en el manejo de las armas, especialmente en Mora de Ebro y Gandesa, durante la Batalla del Ebro en 1938. 

El 25 de Julio de 1938, Antonio Martín Cabanillas forma parte del sector central entre Ribarroja y Benifallet de la ofensiva republicana en el Ebro, diseñada por el general Vicente Rojo y puesta en práctica por el coronel Modesto.  

Consigue llegar de noche con su unidad hasta Mora de Ebro (Tarragona), dirigiéndose a continuación a las inmediaciones de Gandesa (Tarragona). 

De repente, a Antonio Martín Cabanillas le urge hacer sus necesidades y camina hasta una zona situada a unos 200 metros de distancia. 

Cuando vuelve pocos minutos después, entra en estado de shock : todos sus compañeros están muertos. 

Pese al enorme coraje que le ha caracterizado desde niño, Antonio Martín Cabanillas no sabe lo que ha ocurrido, está aterrado, y no le falta razón : aprovechando la oscuridad, los soldados marroquíes del 5º Tabor de Regulares de Melilla nº 2 (unidad de reserva franquista en Gandesa, que por orden del general Yagüe intenta frenar el avance republicano para dar tiempo a que lleguen refuerzos, ya que las unidades de la 50ª División han sido arrolladas) les han matado con gran sigilo a todos menos a él, que se ha librado de una muerte segura. 

Antonio Martín Cabanillas está desesperado y deambula perdido durante varias horas, hasta que consigue contactar de nuevo con tropas republicanas al amanecer, con las que seguirá luchando durante los meses siguientes en el área de Gandesa, Corbera de Ebro, Pinell de Brai y la sierra de Cavalls. 

La ofensiva republicana ha conseguido capturar Ascó, Flix, Mora de Ebro, Pinell de Brai, Bot y Corbera, pero durante los días sucesivos, Franco envía refuerzos con sus divisiones de élite 13ª (Fernando Barrón), 84ª (Delgado Serrano), 152ª (Rada), 4ª de Navarra (Alonso Vega), 102ª (Castejón) y 74ª (Arias), con lo que se inicia una brutal guerra de desgaste que precede a la contraofensiva franquista, que ganará la batalla tras cuatro meses de encarnizada lucha.

Antonio Martín Cabanillas, se ve pues inmerso de modo forzoso a sus 27 años de edad en esta vorágine bélica y lucha por su vida en varios combates más, con frecuencia en primera línea de fuego, hasta el final de la guerra en 1939. 

SERVICIO MILITAR DE DOS AÑOS ENTRE 1940 Y 1942 

Tras el final de la Guerra Civil Española, Antonio Martín Cabanillas vuelve de nuevo a Belalcázar, cansado y físicamente exhausto. 

Tiene que intentar iniciar su vida de nuevo, pero la nueva Ley de Reclutamiento y Reemplazo del Ejército de 1940, hace que Antonio Martín Cabanillas sea llamado a filas y tenga que hacer una mili de dos años durante 1940 y 1941. 

Recordando esta situación, Antonio Martín Cabanillas comentó con su atávico sentido del humor durante décadas a sus familiares y amigos en Cerro Muriano : " Después de estar en dos guerras jugándome la vida, tuve que servir a Franco durante dos años " . 

1944-1960 : EL COMIENZO DE LA FELICIDAD 

Tras muchos años de vida muy dura, con todo tipo de privaciones, la participación en dos guerras en las que tuvo que luchar para sobrevivir, y después de trabajar en Villaharta y Écija en 1942 y 1943, Antonio Martín Cabanillas llegó en 1944 a Cerro Muriano (Córdoba), pueblo en el que fijaría su residencia hasta su fallecimiento en 2010. 

Fotografía de finales de los años cuarenta en la que aparece Antonio Martín Cabanillas, que en aquella época trabajaba como albañil y había hecho una gran amistad con la mítica Doña Encarnación, que tras quedar viuda y con varios hijos fue capaz no sólo de fundar el Bar X en 1937, sino de establecer después varios negocios más con los que pudo sacar adelante a su prole. 

Antonio Martín Cabanillas a principios de los años cincuenta, trabajando como albañil en una zona cerca de Torreárboles (Cerro Muriano). Es el tercer hombre empezando por la izquierda. 

Los dos conflictos bélicos en los que participó hicieron que en su cabeza coexistieran durante toda su vida dos mundos paralelos : 

a) Los recuerdos de las dos guerras en las que tuvo que participar, algo que siempre intentó no exteriorizar. 

b) Su gran simbiosis con Cerro Muriano y sobre todo su cariño por su familia, tras casarse en 1948 con 


Paula Martín-Castaño Cabanillas, que habría de darle tres hijos : Lucía, Antonio y Sátur. 

LOS AÑOS SETENTA : NACIMIENTO DE SUS NIETOS Y MADUREZ COMO ZAPATERO EN CERRO MURIANO 

Antonio Martín Cabanillas con su nieto Pedro cerca de Cerro Muriano a principios de los años setenta. 

Desde finales de los años cuarenta, Antonio Martín Cabanillas se marcó una prioridad fundamental : que sus hijos y nietos tuvieran una vida mucho mejor que la de él y que sufrieran mucho menos de lo que él había sufrido. 
                                                                                
Fue siempre un hombre de personalidad muy afable y cordial, que dió un gran valor a la familia y que amó con pasión sin límites a sus hijos y nietos, así como a Cerro Muriano y sus habitantes, entre los que siempre gozó de gran predicamento y respeto, con sus virtudes y defectos. 

Antonio Martín Cabanillas con sus nietos Pedro y María del Mar (hijos de Lucía) en una foto hecha a principios de los años setenta en una zona próxima a una antigua cantina que había cerca de la Estación de Tren de Obejo. En la zona superior izquierda de la imagen se aprecian las vías de la línea férrea Córdoba-Almorchón. La niña va subida en una moto dos tiempos monocilíndrica, en una época en la que la industria motociclística española era todavía uno de los más importantes referentes a nivel mundial. 

El nacimiento de sus hijos Lucía, Antonio y Sátur entre finales de los años cuarenta y década de los cincuenta fue para él una bendición, 

Otra fotografía de principios de los años setenta en la que aparece Antonio Martín Cabanillas con sus nietos María del Mar (a la izquierda de la imagen) y Pedro (a la derecha de la misma). La expresión facial del abuelo revela a la vez una vida previa muy dura, con necesidades de todo tipo, y la inmensa alegría de haber podido formar una familia aumentada con los vástagos que le están dando sus hijos, por los que sentiría una gran devoción hasta el instante mismo de su óbito. 

al igual que el nacimiento de sus nietos Pedro, María del Mar, Elena, Antonio, Pablo, Auxi, Miguel Antonio y Jorge  

Antonio Martín Cabanillas con su esposa Paula Martín-Castaño Cabanillas, su hijo Sátur y su nieto Miguel Antonio.  

Antonio Martín Cabanillas con su nieto Pablo Martín, por el que siempre tuvo una estratosférica debilidad, hasta el punto de que se le ponía la carne de gallina cada vez que estaba con él.  

Antonio Martín Cabanillas con su nieta Auxi Martín, que tenía tan sólo un año de edad en 1974.

Año 1975 en Cerro Muriano (Córdoba). Paula Martín-Castaño Cabanillas sostiene entre sus brazos a su nieta de 2 años Auxi Martín, mientras un feliz a más no poder Antonio Martín Cabanillas agarra su mano izquierda con gran ternura y cariño. 

Antonio Martín Cabanillas en 1989 con su nieto de cuatro años Pablo Martín (hermano de Auxi) en Cerro Muriano (Córdoba). El niño lleva una camiseta de béisbol de los New York Yankees inspirada en el atuendo del legendario jugador Babe Ruth de la Major League Baseball de Estados Unidos. 
              Año 1977 en Cerro Muriano (Córdoba). Antonio Martín Cabanillas con su nieta Auxi Martín, que en esos momentos tenía tres años. 

significó en la práctica la plena consolidación emocional y anímica positiva de Antonio Martín Cabanillas, además de su madurez laboral como artesano de la fabricación y reparación de calzado en Cerro Muriano, en la que llevaba trabajando desde principios de los años sesenta, ya que aunque era un buen albañil, con su proverbial humildad, comprendió que estaba lejos del inmenso talento y experiencia en este ámbito de alquimistas de la albañilería como Antonio Sastre Candelario, Manolo Zoilo, José Antonio Caler y otros, por lo que decidió decantarse por su trabajo como zapatero, 


en el que alcanzó cotas muy altas en su pequeño taller de zapatería de la calle Acera del Cuartel Viejo nº 12 de Cerro Muriano. 

Pequeña mesa de trabajo de zapatero con cajón de accesorios de Antonio Martín Cabanillas fabricada en 1959 y con la que desarrolló su labor en Cerro Muriano durante muchas décadas hasta mediados de los años noventa. 

                              Vista superior de la pequeña mesa de trabajo de zapatero con cajón de accesorios de Antonio Martín Cabanillas. 

1980-2000, PLENITUD FAMILIAR

La década de los ochenta debería haber supuesto en principio la jubilación de Antonio Martín Cabanillas, que tiene ya más de 70 años. 

Pero su insólita vitalidad para su edad y su carácter inquieto y nervioso, le harán seguir trabajando como zapatero hasta mediados de los años noventa, con pleno vigor y eficacia. 

Es un zapatero muy bueno, con gran experiencia y mentalidad artesanal, capaz de arreglar cualquier tipo de calzado y dejarlo como nuevo.

Por otra parte, los zapatos que fabrica de modo totalmente manual están lejos lógicamente de la precisión y belleza de las marcas españolas de referencia como Lottusse, Callaghan, Camper, Fluchos, Pikolinos, Martinelli, etc.

Pero no importa, porque Antonio Martín Cabanillas, que trabaja con muy pocos medios, sabe que la clave de su negocio es hacer zapatos artesanales muy cómodos y resistentes que sigan la escuela del imbatible José Albaladejo Pujadas, especialmente su mítico mocasín modelo 1330, que le tiene enamorado desde los años sesenta. 

Cabanillas es consciente de que no puede hacer de ningún modo zapatos de tan superlativa calidad, porque su muy limitada economía le impide el acceso a materiales de élite, equipos de trabajo y sofisticadas máquinas de última generación, no dispone de red de distribución alguna, su capacidad de producción es muy limitada y el coste de fabricación y precio de venta serían enormes e inviables.

Pero sabe que haciéndolo todo él, reduce notablemente el coste de todas las fases de fabricación, compra los mejores materiales posibles en Córdoba capital, un pegamento especial en Écija y crea con sus propias manos, de modo totalmente artesanal, unos zapatos que aúnan gran solidez y notable durabilidad en el tiempo, con la ventaja añadida de que son funcionales y con una muy buena relación calidad / precio que permite adquirirlos a los habitantes de Cerro Muriano y Obejo, que constituyen su principal clientela. 

Posee todavía una gran vitalidad, catalizada por la gran expansión de su familia, ya que además de sus tres hijos (Lucía, Antonio y Sátur), está viendo crecer a sus nietos y nietas (Elena, Antonio, Pablo, Auxi, Miguel Antonio, María del Mar y Jorge).  

Antonio Martín Cabanillas en 1991 con su nieta Auxi Martín, que en esos momentos tenía 17 años, cerca de Llanes (Asturias). 

                  Otra imagen de Antonio Martín Cabanillas en 1991 durante unas vacaciones cerca de Llanes (Asturias) con su nieta Auxi Martín.

La dicha en su máxima expresión. Año 1999, Cerro Muriano (Córdoba). Antonio Martín Cabanillas tiene 88 años y sujeta entre sus brazos a su biznieta de dos meses de edad Auxi Moreno Martín (hija de Auxi Martín).


2000-2010, ESPERANDO A LA MUERTE

En el año 2000 Antonio Martín Cabanillas tiene casi 90 años. Por primera vez en su vida sus fuerzas le empiezan a fallar.

Su coraje, ganas de vivir y empuje han sido tales que hasta ahora no ha tenido prácticamente enfermedades ni ha visitado médicos durante su existencia, hasta el punto de que cada vez que iba al entierro de algún amigo (Antonio Martín Cabanillas era un hombre de gran sensibilidad que nunca faltaba a las citas importantes) solía decir con tristeza : " El probe era viejo ya ", cuando con frecuencia él era todavía mayor. 

Su sincero afecto y cariño hacia su familia y amigos es tal que cuando Elena Pérez Molina (madre de Auxi y que le quería como a un padre) tuvo que ser ingresada de gravedad en un hospital como consecuencia de una úlcera, Cabanillas la acompañó en todo instante, temiendo por su vida y llorando a mares. 

Por otra parte,  incluso con 93 años, aún era capaz de subirse a la zona alta de una higuera y charlar durante horas con su gran cantidad de amigos en Cerro Muriano, entre los que siempre figuró Antonio Espada. 

Siempre fue una persona todo fibra, repleto de energía, con gran fuerza física a pesar de su pequeño tamaño y delgadez y una insólita resistencia a la fatiga. 

Antonio Martín Cabanillas en las Cuevas de Nerja (Málaga) en 2003, con 92 años de edad. Siempre fue un entusiasta de los viajes por toda la geografía española, acompañado tanto por familiares como por amigos de Cerro Muriano, Obejo y Córdoba capital, que todavía hoy en día añoran su devastador sentido del humor y una amplísima gama de inolvidables anécdotas. 

Pero desde los albores del siglo XXI, Antonio Martín Cabanillas siente que su vida se va apagando.

Son años en que este personaje único en su género e irrepetible espera a la muerte con el coraje y entereza que siempre le caracterizaron desde su infancia. 

Y es durante estos años cuando brilla con luz propia la figura de su nieto Antonio Martín, que se desvive por ayudarle todo lo que puede y le lleva a distintos hospitales una y otra vez, además de llamar a ambulancias y acompañarle en todo instante en algunos momentos muy delicados de salud.

Sea como fuere, Antonio Martín Cabanillas se aferra a la vida con uñas y dientes, sigue viendo, tocando y besando a sus nietos, nietas y biznietos siempre que puede, una y otra vez, 

Antonio Martín Cabanillas con su perro en 2006, cuatro años antes de su fallecimiento. 

además de disfrutar de la compañía de sus muy queridos animales, que siempre fueron otra de sus grandes pasiones.  

Prosiguen además los momentos alucinantes, dos de ellos presenciados por su nieto Antonio Martín, cuando un pletórico Cabanillas, que se había roto una pierna por varios sitios y le pusieron una escayola en el Hospital Reina Sofía de Córdoba, se pasó la noche entera dale que te pego con una navaja pequeña hasta que consiguió desprenderla de su extremidad, porque decía que no le dejaba andar bien, y pocos días después, mientras cuidaba un jardín, se cortó la palma de la mano, fue llevado al mismo hospital, y cuando el médico le preguntó cómo se había hecho esa herida, Cabanillas respondió : ¡ Pues cómo va a ser, trabajando !  

A este hombre apenas le queda ya energía y está muy débil, con fases en que pierde la noción del tiempo y del espacio, pero increíblemente, sigue con su sentido del humor de siempre,  muy cariñoso y feliz al sentir el apoyo y afecto de su familia, que siempre fue para él su más importante motor impulsor. 

La vida de este guerrero que nadie sabe lo que pasó se aproxima a su fin, y tras varios ingresos hospitalarios, fallece en Córdoba en 2010, 


dejando un recuerdo imperecedero entre los habitantes de Cerro Muriano, pueblo al que siempre amó con todo su ser.

Tal fue su carisma y personalidad altruista, siempre dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran, que poco después de su muerte, 


se decidió crear una calle dedicada a su memoria, que tiene el nombre de Pasaje Cabanillas, a pocos metros de la Estación de Tren de Cerro Muriano. 

Antonio Martín Cabanillas frente a la Estación de Tren de Cerro Muriano (Córdoba) en 2008, dos años antes de su fallecimiento. 

martes, 21 de septiembre de 2021

SILVERIA CORRAL LOAISA : UNA FIGURA LEGENDARIA EN LA HISTORIA DE CERRO MURIANO (CÓRDOBA) CUYA HUELLA SIGUE MUY PRESENTE

Texto y Fotos en Color : José Manuel Serrano Esparza 

                                                                                                                   Silveria Corral Loaisa en 1930. 

Silveria Corral Loaisa (1900-1989) fue, es y seguirá siendo uno de los personajes más importantes en toda la historia de Cerro Muriano (Córdoba), un ser humano irrepetible que dedicó su vida en gran medida a hacer el bien a los demás y dejó su imborrable impronta humana en todos aquellos que tuvieron la suerte de conocerla. 

Silveria Corral Loaisa nació en Serón (Almería) en 1900, con el comienzo del siglo XX.

Muy pronto, con tan sólo varios días de edad, marchó con sus padres a Almería capital, donde vivió hasta mediados de los años veinte, casándose con Nicolás Blanque Doméne en Alcóntar (Almería), tras lo cual fue a principios de los años treinta con su marido a Villafranca de Córdoba y Bujalance, donde se instaló en varias zonas de campo desde entonces hasta el final de la Guerra Civil Española, trasladándose con toda su familia el 15 de abril de 1939 a Cerro Muriano (Córdoba), donde fijó su residencia hasta su fallecimiento en 1989. 

Durante toda su vida no supo leer ni escribir.

Pero resulta difícil encontrar una biografía más apasionante que la de esta mujer muy especial, dotada desde muy joven con el don de curar una amplia gama de dolencias y heridas de todo tipo, y que nunca quiso cobrar nada a nadie ni hacer publicidad alguna con respecto a sus portentosas cualidades para la sanación en personas de todas las edades. 

FORMIDABLE DON TERAPÉUTICO CUYO ORIGEN SIGUE SIENDO UN ENIGMA SIN RESOLVER

Silveria Corral Loaisa fue criada por su madre Juana en zonas boscosas entre aproximadamente 1900 y 1912, alimentándola con todo tipo de frutos silvestres e iniciándola desde su más temprana adolescencia en el conocimiento de las propiedades medicinales de un extenso surtido de plantas, cuyas virtudes principales había aprendido en áreas de Serón, Alcóntar, Bayarque y Bacares, durante una época de crisis económica generalizada por toda España, catalizada por las consecuencias del coste de las guerras de Cuba y Filipinas, así como por unas enormes desigualdades sociales. 

Por si todo ello fuera poco, el año en que nació Silveria Corral Loaisa, España tenía un porcentaje de población analfabeta del 64% y sólo las clases más pudientes podían permitirse acceder a la enseñanza secundaria y la universidad, estando también la enseñanza primaria fuera del alcance de muchas familias campesinas, que constituían alrededor del 40% del total de la población activa en España y cuyos hijos tenían que trabajar duramente en el campo a partir de aproximadamente los ocho años de edad para poder ayudar a la subsistencia. 

Una época en que la ocupación laboral más extendida por todo el país era la de jornalero, sin olvidar el hecho de que muchísimas mujeres campesinas se veían obligadas a trabajar también de sol a sol en las faenas del campo para ayudar a la economía familiar, además de preparar las comidas y lavar la ropa, con lo cual sus horas de trabajo diarias eran en realidad todavía más que las de los hombres. 

Éste fue el contexto en el que se vió inmersa Silveria Corral Loaisa desde su nacimiento, y que continuó a principios de los años veinte, tras contraer nupcias con Nicolás Blanque Domene, que era jornalero, al igual que Antonio, padre de Silveria.

                                                                         Silveria Corral Loaisa y su marido Nicolás Blanque Domene en 1930.

La foto de principios de los años treinta de Silveria Corral Loaisa y su marido Nicolás Blanque Domene muestra a una mujer de gran belleza natural y fuerza en la mirada, con indumentaria de color negro y delantal utilizado durante la elaboración de las comidas, mientras que su esposo jornalero muestra en su rostro endurecido y sometido a todo tipo de privaciones las secuelas del agotamiento y envejecimiento prematuro (aparenta más años de los que realmente tiene) como consecuencia del durísimo trabajo en el campo y unas condiciones laborales muy precarias, con frecuencia entre 12 y 16 horas diarias de sol a sol.

Este hombre ha sufrido mucho durante su vida. Aparece muy delgado, con el rostro enjuto, barba de varios días, le faltan algunos dientes y su pelo está desarreglado. 

Su mirada revela claramente que ha trabajado hasta la extenuación en las faenas agrícolas desde niño. 

Sea como fuere, ambos mantienen ante la cámara una compostura de enorme dignidad y orgullo, algo especialmente encomiable dadas las circunstancias extremas de lucha por la supervivencia en que ambos están inmersos. 

Porque esta dura y a la vez entrañable imagen en blanco y negro revela ante todo y para todo el ancestral coraje de vivir inherente a la especie humana.  

Pero la trayectoria diacrónica de Silveria Corral Loaisa está fortísimamente impregnada de misterio : durante su niñez y adolescencia, fue criada y educada sobre todo por su madre (su padre tuvo que trabajar a destajo en el campo durante toda su vida), que la enseñó nociones básicas de propiedades curativas de distintas plantas, además de instruirla en diferentes frutos silvestres comestibles que podían complementar la dieta deficitaria en proteínas típica de la época en las familias campesinas y permitir la supervivencia en las épocas de mayor necesidad. 

Con el transcurrir de los años, Silveria Corral Loaisa incrementó los conocimientos esenciales sobre propiedades curativas de plantas que le había enseñado su madre, hasta adquirir un nivel ciertamente descomunal en tal ámbito, convirtiéndose en una gran experta en la riqueza, diversidad y potencial fitoterapéutico de las plantas medicinales existentes en la zona de Cerro Muriano, incluso en sus lugares más recónditos, de tal manera que su fama, algo no anhelado por ella, y que empezó a forjarse desde principios de los años cuarenta, se cimentó en gran medida en su inefable talento e intuición para curar no sólo las culebrillas, sino también muchas enfermedades distintas, así como roturas de huesos, luxaciones, gangrenas, lumbagos crónicos, etc. 

Inevitablemente, surge la pregunta : ¿Cuándo y cómo fue capaz Silveria Corral Blanque de adquirir ese inmenso caudal de conocimientos en una pléyade de plantas medicinales distintas, si tenía que trabajar muchísimas horas al día tanto en el campo como en casa para ayudar a su marido?

A día de hoy, treinta y dos años después de su fallecimiento y 121 desde su nacimiento, nadie ha sido capaz de encontrar una respuesta. 

Fotografía de 1945 en la que aparece Silveria Corral Loaisa con su marido Nicolás Blanque Domene y cuatro de sus once hijos (de izquierda a derecha) : Nicolás (nacido en 1944), Antonio (el hermano mayor, situado entre sus padres), Antoñita (nacida el 12 de diciembre de 1939) y Lola (nacida el 27 de junio de 1941). Es una imagen muy interesante, en la que Silveria aparece ya en plena madurez, con 45 años de edad y físicamente desgastada por el paso de los años, su infatigable labor de madre y las muchísimas horas de trabajo durante tres décadas, aunque preservando todavía buena parte de su belleza y empuje, mientras que su marido Nicolás, que tiene unos 50 años de edad, está muy envejecido y enfermo, tras 40 años de trabajo a destajo en el campo como jornalero (morirá dos años después, en 1947), pese a lo cual su semblante refleja una gran felicidad, ya que Silveria le ha dado once hijos, de los que ambos están muy orgullosos.  

Pero parece ser que desde principios de los años cuarenta, a base de tesón, esfuerzo, pasión y una enorme fuerza de voluntad, Silveria Corral Loaisa pudo encontrar tiempo para perfeccionar en gran medida los conocimientos que le fueron transmitidos por su madre, aprender de modo infatigable y experimentar constantemente con todo tipo de plantas que buscaba in situ en los lugares más variopintos. 

Bellísima pita en la zona sur de Cerro Muriano (Córdoba), a la izquierda del tramo de carretera N-432a Granada-Badajoz que discurre aproximadamente 400 metros antes de llegar al Restaurante Los Pinares. Las plantas con propiedades curativas son un regalo de la naturaleza que se utiliza desde la más remota antigüedad. A base de tesón, perseverancia y partiendo de nociones básicas que le enseñó su madre en varias áreas de la provincia de Almería durante las dos primeras décadas del siglo XX, Silveria Corral Loaisa pudo desarrollar un gran conocimiento en este ámbito, que perfeccionó más y más en Cerro Muriano desde principios de la década de los años cuarenta hasta los años ochenta.

Plantas como la pita, de la que Silveria extrajo siempre el máximo potencial curativo posible, especialmente con la inserción de pies accidentados en agua caliente durante una hora, 

Otra preciosa pita en la zona sur de Cerro Muriano (Córdoba), a la derecha del tramo de carretera N-432a Granada-Badajoz que discurre aproximadamente 300 metros antes de llegar al Restaurante Los Pinares. 

con dosis que ella preparaba de dicha planta, tras sus famosos tirones bruscos previos en distintas direcciones con los que conseguía volver a poner los huesos en su sitio.  

UNA INTUICIÓN Y PERSPICACIA PSICOLÓGICA VERDADERAMENTE IMPRESIONANTES

Otro de los aspectos más destacados de la personalidad de Silveria Corral Loaisa ensalzados por las muchas personas de Cerro Muriano, Obejo y Córdoba capital a las que curó entre los años cuarenta y finales de los ochenta, fue siempre su inefable aproximación psicológica a cada accidentado o enfermo. 

Es decir, Silveria tenía una gran capacidad para relacionarse profundamente con cada persona a la que atendía, mediante grandes dosis de empatía, aceptación incondicional y autenticidad.

Y éste vínculo obtenido mediante palabras y lenguaje corporal adecuados, además de su famosa mirada, daba una gran confianza y seguridad a sus pacientes. 

De entre las brumas del tiempo surge cada vez con más fuerza la egregia figura y espíritu de Silveria Corral Loaisa, cuya diacrónica y muy encomiable labor humana en Cerro Muriano (Córdoba), ayudando desinteresadamente a todos los que confiaron en ella durante muchas décadas del siglo XX, sigue muy viva en el recuerdo, con un enorme, sincero e incólume cariño. 

Así pues, el gran don para la curación de Silveria Corral Loaisa emanaba no sólo de su vasto conocimiento de las propiedades medicinales de una amplísima variedad de plantas y de su talento intuitivo a la hora de dar sus célebres tirones de huesos con los que volvía a ponerlos en su sitio (además de sus palpaciones en zonas concretas del cuerpo dependiendo de cada zona accidentada o dolencia específica), sino también de su singular don para establecer sintonía con cada paciente y comunicar dicha empatía, tanto con su lenguaje verbal como corporal, optimizando el potencial sanador mediante la confianza mútua, de tal manera que se generaba un vínculo indisoluble entre Silveria y cada persona a la que asistía lo mejor que podía, siempre con muy pocos medios, con una especie de medicina natural de cosecha propia, pero de gran eficacia. 

Por increíble que pueda parecer (Silveria era analfabeta y nunca pudo ir a la escuela, ni siquiera a enseñanza primaria, como consecuencia de las difíciles circunstancias económicas que tuvo que afrontar su familia desde principios del siglo XX), esta histórica y muy entrañable mujer sabía a la perfección cómo identificarse con las necesidades y sentimientos de cada paciente y adaptarse a ellas.

Silveria Corral Loaisa era plenamente consciente de que cada persona precisa un tipo distinto de interacción y la génesis de una fuerte conexión emocional que la convenza de que se va a curar. 

Y éste fue un ámbito en el que Silveria también destacó en gran medida, lo cual catalizó una plena simbiosis con sus profundos conocimientos de las propiedades medicinales de muchas plantas, su intuición terapéutica y su acervo empírico muy sui géneris, totalmente basado en la experiencia, de tirones de huesos para reubicarlos en su posición inicial antes de accidentes. 

HUMILDAD A PRUEBA DE BOMBA Y AUSENCIA DE GANANCIA 

                               Silveria Corral Loaisa en una fotografía hecha en Cerro Muriano (Córdoba) a principios de los años ochenta. 

Silveria Corral Loaisa siempre tuvo como virtud añadida la proverbial humildad que caracteriza a las personas realmente grandes e importantes. 

De hecho, su trayectoria vital tuvo dos ejes principales : 

2 de abril de 1967. Celebración de la boda de Lola Blanque Corral en el Bar Restaurante Cinema de Cerro Muriano (Córdoba). De izquierda a derecha : Silveria Corral Loaisa, Antonia (madre de Basilio), Lola Blanque Corral (hija de Silveria), Basilio (marido de Lola) y su padre Juan Manuel. Puede apreciarse en la imagen como la mítica Silveria agarra la mano de la madre de Basilio (físicamente más deteriorada) para arroparla y que perciba todo su cariño. Además, Basilio siempre tuvo un enorme cariño y química hacia Silveria, de tal manera que desde principios de los años ochenta, cuando ya no pudo andar, Basilio y Lola iban a todas partes con Silveria, que iba montada en una silla de ruedas.  

2 de abril de 1967. Celebración de la boda de Lola Blanque Corral en el Bar Restaurante Cinema en Cerro Muriano (Córdoba). De izquierda a derecha : Rosi (cuñada de la tía Paulita), la tía Paulita (esposa de Fernando), Fernando Blanque Corral (hermano de Silveria), Silveria Corral Loaisa (madre de Lola), Basilio (marido de Lola), Adela (hija de Silveria), su marido Antonio y su hijo Antoñete. Silveria Corral Loaisa aparece sonriente y exultante de alegría. Es en esos momentos la mujer más feliz del mundo. 

a) La máxima atención a su esposo y sus once hijos : Emilia, María, Adela, Pedro, Fernando, Antonio, Joaquín (que murió con tres años de edad antes de la guerra, y que está enterrado en Villanueva de Córdoba), Antonia, Alejandro, Lola y Nicolás, a los que siempre amó con locura, luchando con uñas y dientes para conseguir sacarles adelante a partir de 1947, año en que quedó viuda. 

b) Su dedicación plena a las personas que acudían a ella para ser sanadas tras un accidente o de diferentes enfermedades. 

Año 1978. Los Llanos del Conde (Cerro Muriano). De izquierda a derecha : Lola Blanque Corral, Lola (hija de Lola Blanque Corral), Basilio (marido de Lola), Begoña (mujer de Juan Rafael Serrano Blanque), Silveria Corral Loaisa, Antonia (hija de Lola), Juan Rafael Serrano Blanque (sobrino de Lola), Matilde (hermana de Rafael Serrano Blanque), Antonia (hija de Lola y Basilio), María Ángeles (hija de Lola y Basilio) y Basilio (hijo de Lola y Basilio).

Pero existen varios factores trascendentales que marcan totalmente la diferencia en el devenir diacrónico de esta mujer incomparable, todo bondad y amor a los demás : 

- Nunca quiso cobrar nada de dinero a nadie, ni tampoco aceptó regalos de ningún tipo. 

- Siempre proclamó que ella no era médico ni curandera, que por motivos que desconocía tenía ese don para sanar y que hacía las cosas lo mejor que podía. 

- Nunca buscó clientes ni hizo ningún tipo de publicidad con respecto a sus capacidades para la sanación.

- Jamás intentó hacer ningún tipo de proselitismo religioso o de convicciones para convencer a nadie de nada en tal sentido. 

Se limitaba a esforzarse al máximo para curar a las personas que confiaban en ella. 

CURACIÓN A PERSONAS CON GANGRENA 

Además de la curación de roturas de piernas, brazos, algunas lesiones de columna vertebral, reumatismo, artritis, cicatricaciones, etc, algunos de los episodios más asombrosos en la vida de Silveria Corral Loaisa tuvieron lugar cuando ya con más de cincuenta años de edad recibió la visita de algunos médicos de Córdoba que la pidieron ayuda para poder curar a varios pacientes de gangrena con los que se había intentado todo y cuyas vidas peligraban. 

Silveria les dijo a los doctores que ella era una persona normal con cierto don, pero que lógicamente, sus conocimientos y capacidades para curar eran muy limitados en comparación con cualquier médico.

Sea como fuere, los médicos insistieron en que Silveria visitara a estos pacientes con gangrena muy grave, hasta que accedió, y a los pocos días todos ellos se curaron y salvaron sus vidas. 

No se conocen los detalles de tales visitas ni el tipo de tratamiento que Silveria aplicó a dichos pacientes en peligro de muerte, porque además, la propia Silveria pidió la máxima discreción al respecto. 

Pero desde los años cuarenta hasta hoy en día, ha habido muchísimos testimonios de personas que han demostrado sin ningún género de dudas que Silveria curó a mucha gente de todo tipo de dolencias, roturas y lesiones producto de accidentes, y que muy frecuentemente médicos de Cerro Muriano, Obejo y Córdoba capital fueron a visitarla y le pidieron consejo durante muchas décadas para tratar a pacientes a los que no podían curar, y a quienes ella consiguió sanar. 

Fotografía de Silveria Corral Loaisa hecha en Cerro Muriano en 1988, un año antes de su fallecimiento. De modo increíble, no tiene ni una sóla arruga en su rostro y conserva todo su pelo prácticamente intacto, aunque tenía ya ambas piernas muy deterioradas, por lo que no podía andar y precisaba silla de ruedas. Pese a no saber leer ni escribir, esta maravillosa mujer forjada a fuego pudo desarrollar una complejísima y a la vez sencilla cosmología propia, vinculada a poderosas energías invisibles, a base de sufrimiento constante, experiencia adquirida, coraje a raudales, gran resistencia a la fatiga e inquebrantable vocación de servicio a los demás, con muy pocos medios, en plena sinergia con un profundísimo conocimiento de las muchas y diferentes plantas medicinales locales que contienen sustancias químicas en sus hojas, flores, tallo o raíz, de tal manera que mediante la simbiosis entre la gran fuerza de sus manos realizando tirones en zonas concretas de las articulaciones y distintos métodos de preparación de las plantas que seleccionaba, era capaz de aplicar todo ese ancestral acervo sanador natural con un tratamiento específico para cada persona, curando con pleno éxito una amplia gama de dolencias, roturas de huesos, lumbagos, gangrenas, etc. 

Silveria Corral Loaisa fue una mujer repleta de aura y personalidad muy especial, un personaje telúrico de primerísimo nivel, pero que nunca tuvo afán de protagonismo alguno, intentando siempre pasar desapercibida si era posible, con la prioridad inquebrantable de ayudar todo lo que podía a los demás, algo en lo que se entregaba al máximo, con todo su ser y unos desaforados niveles de pasión y amor por el prójimo. 

VISITAS NOCTURNAS DURANTE DÉCADAS ENTRE 1940 Y FINALES DE LOS AÑOS OCHENTA 

Pese a la naturaleza sencilla y discreta de Silveria Corral Loaisa, sus curaciones a personas cuyas dolencias se daban por poco menos que insolubles hicieron que su fama se extendiera no sólo entre los habitantes de Cerro Muriano y Obejo, sino también en las más altas esferas de Córdoba capital, algo que se mantuvo en el más absoluto secreto y que únicamente ha trascendido recientemente, varias décadas después de los hechos. 

Durante casi medio siglo, entre 1940 y 1988, Silveria Corral Loaisa recibió muchas visitas nocturnas (algunas de ellas incluso a altas horas de la madrugada) de personas de la más variada índole profesional y social, a las que siempre les abrió la puerta de su casa y atendió lo mejor que pudo, conforme a sus modestas posibilidades. 

Pues bien, algunas de estas personas que la visitaron a altas horas de la noche en Cerro Muriano (Córdoba) fueron celebridades del máximo nivel y fama de Córdoba capital, hombres y mujeres de enorme relevancia en el ámbito de las artes, la ciencia y la política, que acudieron a Silveria para intentar curarse de dolencias que arrastraban desde hacía muchos años o bien se presentaron con familiares muy allegados que eran enfermos terminales, a la mayoría de los cuales consiguió sanar. 

Silveria Corral Blanque siempre fue una persona de gran sensibilidad y agradeció enormemente tales visitas y la confianza de dichas personas, poniendo exactamente el mismo nivel de esfuerzo que con los habitantes de Cerro Muriano y Obejo. 

Pero les exhortó a que no hablaran de ella y a que no hicieran publicidad alguna de su don en Córdoba capital, porque Silveria siempre dijo que para eso estaban los médicos que sabían más que ella, lo cual cumplieron a rajatabla, y sólo muchos años después dichas personas relataron a sus descendientes lo que había ocurrido y la grandeza de Silveria, una mujer cuyo aprendizaje vital fue también fruto de la necesidad y una ingente cantidad de penalidades de todo tipo que presidieron gran parte de su existencia.

Ese fue el principal motivo por el que siempre estuvo dispuesta a ayudar a todas las personas que pudo, intentando con todas sus fuerzas que no sufrieran lo que ella había sufrido. 

UN RECUERDO IMPERECEDERO 

Es verdaderamente impresionante la pervivencia en el recuerdo que la insigne figura de Silveria Corral Loaisa tiene todavía hoy en día, treinta y un años después de su muerte, la gente no la ha olvidado en absoluto y cada vez que amanece en Cerro Muriano, 

los primeros rayos de luz solar hacen refulgir de modo áureo las letras que presiden la plaza que lleva su nombre, como reconocimiento a la incomparable humanidad y altruismo de esta gran señora, cuya presencia seguirá trascendiendo el paso del tiempo.